Un mal día (I)

Ese verano, Portugal entero se estaba quemando. Y no por un sol de justicia, precisamente. En el periodo estival más seco y caluroso de los últimos 8 años y con Europa sufriendo una ola de calor que ya contaba con una centena de fallecidos, el país luso, que por entonces gobernaba el señor Durão-Barroso, era pasto de las llamas. Todo el país se había declarado zona catastrófica y, poco después, la OTAN se mostraba molesta de que Portugal no le hubiese pedido ayuda mucho antes…
Ajenos a esto, Caín y sus tres compañeros de piso vuelven a casa embutidos en un Renault 5 Turbo rojo; las ventanillas abiertas de par en par dejando entrar ese amago de frescor que traen los anocheceres de verano. Los cuatro han pasado toda la tarde de ese último día de julio al aire libre, tomando el sol y haciendo escalada en las paredes que se excavaron, a las afueras de San Andrés del Congosto, en Guadalajara, para dar forma a la presa del embalse de Alcorlo. Caín está aprendiendo a escalar, a usar las cuerdas y los sistemas de seguridad que requiere este deporte de riesgo.
Riesgo. Esa es la palabra recurrente del verano y es una idea con la que Caín y sus tres compañeros de piso han aprendido rápidamente a convivir. Son bomberos forestales y forman parte de la brigada de refuerzo contra incendios forestales (BRIF) con base en las cercanías de Villares de Jadraque. Anteriormente, a estas brigadas se las denominaba cuadrillas de acción rápida (CAR), porque su medio de transporte para llegar a los incendios es un helicoptero y eran y son, casi siempre, los primeros en aparecer.
Se hace de noche y están llegando a Villares de Jadraque, rodeado de pinares, cuando Caín recibe una llamada en su teléfono móvil. Es Daniel, su técnico jefe, que le pregunta por el paradero de sus tres compañeros. Una vez aclarado que los tiene con él allí metidos en el R5, Dani les conmina a presentarse al día siguiente en la base con su equipo de protección reglamentario dos horas antes de que empiece su turno, esto es, a las siete de la mañana. —En cuanto salgan las primeras luces del día, salimos volando para un incendio que se ha declarado esta tarde en el Municipio de Buendia, a media hora de vuelo desde aquí—, aclara.
A las siete y media de la mañana ya están los ocho integrantes del grupo más el técnico de guardia, vestidos con el equipo ignífugo, casco y gafas protectoras, preparados, con una rodilla en tierra y la cabeza gacha, para montar en su medio de transporte. El aparato es un PZL W-3 Sokol, helicóptero bimotor de origen polaco y diseñado, en este caso, para el transporte de nueve personas además de piloto y copiloto, también polacos. Las aspas del Sokol van cogiendo velocidad poco a poco y luego más rápido hasta que se convierten en una ensordecedora circunferencia girando por encima del aparato y que los muchachos, uno a uno y corriendo agachados, tendrán que cruzar para montar en el helicóptero. Cada uno tiene ya su sitio previamente asignado dentro, así que cuando corren, lo hacen en ese mismo orden para reducir al mínimo el tiempo de acomodación y todos corren con la herramienta de extinción que le asigna el técnico en la mano. Fouce, pulasky, batefuego o macleod son términos, que la gente no suele conocer, pero que un bombero forestal tiene grabados a fuego en su subconsciente. A fuego; nunca mejor dicho.

Un helicóptero despega para desplazar a una BRIF a un incendio. / I. CASTELLANO

Un helicóptero de estas características tiene el espacio para cargar un par de mochilas con capacidad para unos 20 o 25 litros cada una, aunque ese día, por alguna razón, no se creyera conveniente cargarlas. Dentro, cada uno se pone unas orejeras para amortiguar el ruido del motor, muy agudo y después de unas cuantas sacudidas y de vencer a la sensación de vértigo, el aparato se eleva y Caín se acomoda en su asiento al lado de una de las puertas, que van abiertas, para poder ver lo que sucede fuera. Rápidamente, la velocidad aumenta y, al poco tiempo, el suelo pasa por debajo cada vez más rápido. El paisaje montañoso es un mosaico de colores que se mezclan y superponen a gran velocidad y que, con las primeras luces y sombras del día, cambia constantemente.
Menos de media hora después ya están dando vueltas en el cielo alrededor del enorme incendio. Y no son los únicos. Otros helicópteros se distinguen no muy lejos. Son como los buitres que vuelan despacio indicando la localización de algún cadáver. Y esta imagen se parece mucho a la realidad, porque tras el paso de un incendio, no queda otra cosa que los restos calcinados de miles de seres vivos.

La nube de humo de un incendio se puede ver a kilómetros de distancia. / I. CASTELLANO

Tras varias órdenes del jefe de extinción del incendio toman tierra en una zona despejada cercana al incendio. El aparato nunca para, se posa sobre el suelo pero sigue en funcionamiento y los ocupantes abandonan el interior tan rápido y tan ordenados como cuando subieron y, al instante, retoma otra vez el vuelo y desaparece en el aire en busca de alguna fuente de agua. El técnico jefe que va con Caín y su grupo debería seguir en contacto con el piloto por walkie-talkie aunque en este caso, con este monstruoso incendio avanzando sin control, éste se pone inmediatamente a las órdenes del jefe de extinción, que es el que controla todo el tráfico aéreo de hidroaviones y helicópteros que se genera en un fuego de esta magnitud.
Son las ocho de la mañana y acaban de aterrizar. El viento trae el olor de humo del incendio. Éste en concreto quemará casi 9.000 hectáreas de monte, así como varias casas y obligará a la evacuación de otras 1.500. Comenzó cerca del embalse de Buendia y se acerca peligrosamente a la central nuclear de Zorita.
Caín y el resto de compañeros, ignorando estas circunstancias, se ponen a caminar hacia el sector que se les ha asignado, que alterna zonas verdes y quemadas, cuyos fuegos fueron sofocados la noche anterior. Tienen asignado el cometido de vigilar desde lo más alto de la ladera de un monte uno de los frentes del incendio, que desciende frente a ellos arrasando la ladera de otro monte, del que los separa una lengua de agua de varias decenas de metros de anchura. Es una entrada al pantano de Buendia, la que se interpone entre su verde ladera y el infierno en el que se ha convertido la ladera de enfrente, en la que los altos pinos se convierten en teas ardientes en cuestión de segundos, con el fuego ascendiendo explosivamente por el tronco hasta incendiar la copa como si se tratase de una cerilla.

En un incendio de gran magnitud, los árboles se encienden como cerillas. / E. LUNA

El calor era cada vez más fuerte y acababa de empezar el día para Caín. Nadie se hubiese imaginado lo largo que éste iba a ser.

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