Aterriza como puedas

(Adaptación de “El mueble y la tortilla”)

¡Menudo marrón! ¡Pero qué mala suerte, mi tercer día en Alemania y vaya desastre que tenía ya ahí montado!
Ni en mis peores pesadillas me había visto en una situación tan complicada. No pensaba en esto cuando imaginaba mi viaje por el país de la cerveza y las Bratwurst, de la Oktoberfest y de Claudia Schiffer, si bien, esta última ya debe tener acento mallorquín…
Ya me avisaba mi abuela: —Pero hijo, ¿cómo te vas a ir a Alemania, con lo raro que hablan por allí!
Y no sabía lo proféticas que iban a resultar esas palabras, hasta que me encontré en aquella situación. En aquel momento, visualicé a una rubia teutona de dos metros gritándome a la cara no se qué, en una lengua que, hasta ese instante, no había significado para mí, más que una cuantas clases en una carísima academia de idiomas.
Y peor, ¿cómo explico yo ahora lo que ha ocurrido? ¡En alemán! Y todavía peor es, que yo no debería estar aquí.
Muchas veces me pregunto con cuánta asiduidad se habrá visto alguien en una situación a la que, por mala fortuna, se ha visto arrastrado y en la que, bajo ninguna circunstancia, le hubiese gustado verse.
Antes yo era más dado a dejar siempre todas las cosas para el final, era mayor mi tendencia a la dejadez y la pereza y en ese momento, me acordé instintivamente de cuando mi madre me decía que no se me podía sacar de casa. Si me hubiese preocupado por buscarla antes de venir, ahora estaría tan contento en cualquier habitación de alguna de las múltiples residencias estudiantiles repartidas por la ciudad, o mejor, en alguna de las múltiples fiestas para erasmus que se organizan en esas residencias universitarias, con cervezas, Bratwurst y alguna teutona de dos metros.
Y todo a través de la Oficina del Estudiante de la Facultad. Rellene el formulario. Métalo en el sobre. Pegue un sello. Envíelo. Así de fácil, sólo cinco minutos. Y no, que ahora me tenía que enfrentar solo, sin otra ayuda que la del diccionario Pons, bendito sea, y con esas terribles palabras de la abuela resonando en mi cabeza, a la hecatombe que encontré en la cocina de aquella casa, en la que no debería estar. Porque yo era casi un okupa en aquella casa, medio escondido en el piso de dos chicas, naturalmente germanas, que estaban realizando un viaje por Tailandia. Me encontraba en una difícil situación, obligatoriamente pasajera, hasta que encontrase una habitación, a poder ser de una manera más legal que esta, en algún otro barrio de la ciudad que, después del caos que me encontré en aquella cocina, estuviese bien pero que bien lejos.

Si no me hubiese costado tres días con sus noches el simple hecho de empadronarme en el Registro de la ciudad, ahora seguramente tendría más seguridad en mí mismo. Cada vez que iba, tenía que volver a casa a intentar, con mucho tiempo, mucha calma y todas las herramientas a mi alcance, traducir todo lo que un rubio teutón de dos metros me había gritado allí a la cara y, por qué no decirlo, a recomponer los pedazos de mi menguada autoestima.
Una amiga que menos de 24 horas después de mi llegada se marchó, para no volver, de aquel lugar, me había dado el teléfono de Uli, alguien que estaba al cuidado de la casa y a quien no debía llamar “salvo en extremo caso de emergencia”. Si no, me dijo mi amiga, le vas a tener que explicar porqué y cómo estas en este apartamento. En ese momento, con el número de teléfono en la mano, no era capaz de decidirme. Venga, pensaba, llama y lo cuentas todo. Le cuentas a Uli —y ya sabía que, teutón o teutona, iba a medir dos metros e iba a tener el pelo rubio— que estando fuera de casa, y es de vital importancia que lo demuestres para respaldar tu inocencia, el armario colgado en la cocina se ha desprendido de la pared y ha ido a caer sobre una repisa de cristal, que ha estallado en mil pequeñísimos pedazos y que, con el golpe se ha abierto una de las puertas del armario, dejando caer al suelo la gran mayoría de los platos, los vasos y las tazas que allí se guardaban y que también se han hecho añicos contra el piso. Venga, campeón, cuéntaselo a Uli. A ver cómo te lo montas para que no se piense que eres un ladrón y que encima has estado destrozando gratuitamente la casa, empezando por el armario de cocina. Para ser sincero no me preocupaba tanto el fondo del asunto como la forma. No tenía ni idea de como decirlo en ese idioma.
No miento si digo que, en más de una ocasión reprimí el pánico y las ganas de correr directamente a la habitación y empaquetar mis exiguas pertenencias para desaparecer de allí en el primer avión de vuelta a Madrid. Lo contenta que se iba a poner la abuela.
Lo que al final hizo que me decidiera a llamar, fue la imágen mental de mi padre gritándome a la cara, que eso me pasaba por no haber rellenado el formulario en la Oficina del Estudiante y que no se me podía sacar de casa. No sé muy bien cómo, quizás gracias a San Pons, me hice entender poco y entendí menos todavía, algo así como que Uli se iba a presentar en casa en menos de media hora. Debí entender menos de lo que yo pensaba porque en unos escasos diez minutos llamaron al timbre de la puerta. Cuando abrí me encontré de frente con una chica menuda, de edad indefinida, castaña y de ojos azul cielo, de esos en los que uno enseguida se pierde, acompañada de una teutona pelirroja casi más alta que yo. No me ha dado tiempo ni a preparar una simple presentación, así que no es dificil imaginarse la escena. Frases entrecortadas, una palabra mil veces repetida, miradas desconfiadas, nervios, alguna sonrisa y, al final, entendimiento. Así que ni me echaron, ni llamaron a la Polizei, nada de eso. A partir de entonces se convirtieron en dos de mis mejores amigas en aquella ciudad. No sé cual será el santo de los armarios, pero muchos días me acuerdo de él. Ellas fueron esa tarde tan amables y comprensivas, que no se me ocurrió otra cosa que invitarlas a cenar, y en aquella cocina sin armario ni repisa, casi sin platos ni vasos, nos comimos una tortilla que ha hecho historia.

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