La Tierra se la juega

“Escucha bien esta historia extraordinaria, que es la tuya, y luego decide qué es lo que quieres hacer”. Con estas proféticas palabras y la imagen de nuestro planeta surgiendo de la negrura del espacio exterior, es como comienza esta espectacular producción, Home, hogar en inglés, el último documental del genial fotógrafo y naturalista francés Yann Arthus-Bertrand. Parecería, al ver el documental, que es la propia Tierra la que habla, la que le hace una llamada de atención al espectador, un grito de auxilio al ser humano, que también es, paradójicamente, el responsable de su sufrimiento.
Bertrand, empeñado en contar incómodas verdades del frenético, y muchas veces injustificado, ritmo creativo y consumista del hombre moderno en su relación con su entorno natural, nos traslada sin esfuerzo y mediante imágenes aéreas, a la infancia, al aula en la que estudiábamos ciencias naturales, al momento en el que nuestro maestro, aquel de los que pocos quedan ya, nos invitaba a imaginar el equilibrio sutil y frágil, el vínculo entre las especies que compartimos la Tierra.
Lo que cambia ahora es el estilo directo de Bertrand, a veces provocador para con el espectador, que influye en la forma en la que miramos el planeta en nuestra homogénea cotidianeidad. Aquí es nuestra madre, el sustento, la casa, que el autor nos ayuda a percibir desde sus más sencillos elementos constitutivos. El suelo, el agua y nuestros vecinos, el resto de seres que, como nosotros, y a su pesar, habitan el planeta.
Nada podría ser más apropiado que ver este film, que ya ha sido proyectado públicamente en 131 países y traducido a 40 idiomas, cuándo se acaba de hacer público un informe de la FAO sobre el gravísimo problema de la degradación y escasez de suelo y agua que amenaza la seguridad alimentaria a nivel mundial. Según todos los expertos, incluidos esos que se denominan económicos, la próxima crisis mundial, si salimos de esta Tormenta Perfecta, claro está, será por los recursos naturales, y en la que, Gran Recesión mediante, ya estamos inmersos. Que se lo pregunten, si no, a los refugiados del Cuerno de África.
Sin ir muy lejos, Stephen Hawking, por su 70 cumpleaños, grabó un discurso en el decía, vago eufemismo en este caso, que no cree que los humanos “sobrevivamos mil años más sin dejar el planeta”. Por lo que parece, escasa esperanza en la raza humana le queda ya al gran físico. Algo más, aunque poca, le resta a Bertrand, si bien nos apremia a actuar efectivamente, y no solo de boquilla, en los próximos 10 años. A actuar en lo que respecta a nuestra organización de las ciudades, en las que ya vive más de la mitad de la población mundial. A regular la explotación de los recursos pesqueros, porque, ¿podemos imaginar un mar sin peces?. A revisar nuestra dependencia de las que el director llama bolsas de sol, las finitas fuentes de petróleo, gas y carbón, que han permitido al hombre emanciparse del tiempo.
Si nos fuésemos aún un poco más lejos, podríamos habernos fijado en la estremecedora visión de la degradación del medio ambiente y la superpoblación propuesta ya en 1972 por John Brunner, en su fantástica novela de estilo documental El rebaño ciego. Pero qué podía saber él sobre nuestros problemas ecológicos o alimenticios, sobre la controversia social de la existencia real o inventada del cambio climático, nos preguntaremos. Este documental es mucho más cercano, quizás porque es posible que nos reconozcamos en cualquiera de las imágenes obtenidas en alguna de las 120 localizaciones de alguno de los 50 países en los que se ha realizado. O por la música del conocido compositor francés de origen marroquí Armand Amar, una joya de la ambientación grabada con la participación de la Orquesta Sinfónica de Budapest y el Conjunto de Percusión de Shangai, que integra cantos e instrumentos de todos los continentes.
Son las imágenes y la banda sonora juntas las que nos mantienen pegados al asiento, y sin parpadear, los 120 minutos que dura el metraje, que se puede ver gratuitamente en youtube. De otra forma no se explica que seamos capaces de contemplar hasta su final esta orgía de admiración morbosa del horror medioambiental y social, de este culto al crecimiento masivo a espaldas de la naturaleza en el que se ha convertido nuestro hogar, la Tierra. Seguramente que cuando acabe la película nos percatemos de que llevamos un buen rato sin respirar. Cuando todo se acelera, démonos tiempo, al menos, para recapacitar.

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