Mente demente: Daniel G. Jiménez-Landi

Acaba de cumplir 35 años y es ya uno de los viticultores más reconocidos de España. Sus caldos, que se venden en más de 20 países, no paran de reportarle premios y satisfacciones. Gran parte de su éxito radica en la pasión por lo que hace, que él asegura que es “un producto agrícola y no industrial”. Daniel G. Jiménez-Landi, en camiseta, pantalón corto y una barba de meses, nos abre las puertas de su casa para hablar de vino.


Siempre ha vivido en Madrid, pero desde hace muchas generaciones su familia ha mantenido la casa de Méntrida, donde cultivan las viñas. A pesar de ello, junto a su primo José, son los primeros que se dedican profesionalmente a ellas. Su abuelo era un romántico que quiso mantener la herencia de los antepasados, pero sus parientes no han tenido nunca ni la profesionalidad ni los recursos económicos para conservar los viñedos, que se han ido recortando desde las 100 hectáreas de antaño, a las poco más de 20 de ahora.

¿De qué le ha servido estudiar humanidades y luego filosofía en su trabajo actual?
Yo creo que bastante, mucha gente se sorprende, aunque es cierto que no tengo una formación académica específica de ingeniero agrónomo, que en muchos casos concretos me puede ayudar a comprender muchas cosas.
¿Y cómo lo ha suplido? ¿Con amigos?

Con la formación. A través de las relaciones y los amigos también, claro. Aunque no tenía formación de cata, que he cogido luego, sí tenia todo el proceso en mi cabeza, lo había visto desde los cuatro años y sabía como se hacía vino.
Entonces, le sirvió más ese conocimiento que su formación universitaria…

La filosofía me ha ayudado más en otros aspectos. La escasa preparación técnica agronómica la sigo arrastrando, aunque intento ponerme al día, pero no creo que sea fundamental para hacer un gran vino. Los datos técnicos están en los libros y hacer un gran vino está más ligado al sentimiento que a la preparación técnica. Para mí, un vino es la unión íntima entre el viticultor y la viña. Entonces, el interés, la ilusión, la pasión, la formación técnica enológica, de cata sobre todo, y la apertura de mente es mucho más importante. Ahí la filosofía ayuda a tener una forma de estar en el mundo, de ver las cosas de una manera más abierta, con más registros, que a la hora de relacionarse con la gente, hablar en público, exponer los sentimientos y explicar tu proyecto y tus vinos, permita comunicar con más gente y que reciban el mensaje claramente. Veo a muchos enólogos muy limitados en esto.
Es decir, trasladar las sensaciones que tienen en la viña, en el campo, luego al hacer el vino, y eso a la gente.

Claro. Si ves el vino como un producto industrial, herméticamente técnico, te pierdes mucho del sentimiento que luego le aportas. La gente de letras como yo, va al campo y lo ve todo como una cosa romántica. Mucha gente no tiene esa capacidad, simplemente ve trabajo, cosas técnicas, y a la hora de exponer sus vinos no tiene esa unión con el proceso. A la hora de dar una charla se quedan solo en los datos técnicos, que están bien, pero eso es solo una introducción, luego hay que comunicar lo que sientes, lo que aportas a ese vino para que el otro reciba el mensaje. Es como cuando vas a un buen restaurante, cuando los buenos hosteleros y sommeliers te hacen bueno el vino antes, porque te explican lo que trasmite, lo que vas a sentir, la textura o la fluidez. Eso es talento y carisma y para lo que ayuda tener una formación no solo técnica.
Pero al principio, cuando dio sus primeros pasos después de montar todo, su forma de vida supongo que no sería tan romántica, sería más dura…

Es un proyecto que nace del corazón, que con la mente no se habría podido hacer. Es de mentes dementes. Yo veo que lo que hemos hecho no lo volvería a hacer así, porque se han cometido muchos errores, que se han suplido con mucho trabajo, con ideas y, sobre todo, con romanticismo de coger una cosa familiar y llevarla a cabo. Cuando empezamos no teníamos formación técnica, ni dinero y todo estaba abandonado. La base del proyecto es la ligazón sentimental de cuando éramos pequeños, cuando veíamos a nuestro tío, cuando pisábamos uva dentro de los depósitos o con seis o siete años ayudábamos a limpiar botellas cuando mis tíos intentaron hacer vino. Con 14 años ya vendimiábamos sábados y domingos y llegábamos tarde al colegio por la vendimia. Entonces, con esto puede pasar que lo odies o que lo ames. Sí que recuerdo, que antes de llegar a la universidad hablaba con mi primo de que ya teníamos claro que nos encantaría hacerlo, que la vocación pasional familiar sí estaba ya, pero no se concretaba.
¿Qué les animó entonces a hacerlo? ¿El apoyo familiar?
No, esas ganas. A los 16 años tuve una conversación con mi tío Pedro, que intentó hacer vino y llevaba la viña. En estas cosas te ves metido poco a poco. Compartes cosas con tu tío, con tus primos, vendimias, te pica el gusanillo y recuerdo antes de empezar la universidad hablar con él para intentar probarlo…
¿Y quién puso el dinero?

El banco. Si nosotros hubiésemos tenido todo montado, si hubiésemos sido una segunda o tercera generación, con la bodega y los viñedos y hubiésemos cogido el testigo, a lo mejor no nos hubiésemos dedicado a esto, pero seguro que hubiese sido todo mucho más fácil, la evolución familiar coherente. Estaba todo, pero todo abandonado y no servía para nada. Había que empezar de cero con gran inversión y eso era un paso que, o se daban las condiciones familiares y se le echaban arrestos o no hubiese funcionado. No era fácil con 20 años dar ese paso. Es luego, a los 26, después del proceso de la universidad, cuando éramos más maduros y decidimos comenzar con esto. No sabíamos como, pero lo íbamos a hacer. Entonces, teníamos amigos agrónomos que nos recomendaron hacer el master [de viticultura y enológía de la Escuela de Ingenieros Agrónomos], hablar con profesores y, poco a poco, nos fuimos metiendo y convenciendo a la familia de que nos apoyaran, por lo menos avalando con las casas, con las tierras e hicimos un proyecto inviable para la situación bancaria de hoy en día.
Ahora no les darían el dinero…

No, yo no me podría dedicar a esto ahora, pero en el 2003 sí. Ibas a los bancos y te escuchaban, aunque nos costó un año y visitar 10 ó 12 bancos, hasta que nos dieron el crédito y tuvimos un contrato de arrendamiento con la familia, que decidió apoyarnos como avalistas. Pero el dinero lo ha puesto 100% el banco. Un proyecto como éste, sin conocimiento y con todo el dinero del banco, ahora sería de locos. Y además, con todo abandonado, sin viñedos en muchos casos, que tuvimos que replantar, con la bodega con maquinaria que tuvimos que comprar nueva. Es de locos, solo se le ocurre hacerlo a alguien cuya ligazón está basada en algo sentimental o romántico muy fuerte.
Con la bodega Jiménez-Landi en una localidad pequeña como Méntrida, hacer un vino diferente y tener una mentalidad de trabajo distinta, ¿qué significó para la gente del pueblo, vecinos y compañeros?

Pues fue contradictorio. Por un lado la gente se alegró de que hubiera jóvenes que se dedicasen de nuevo a trabajar en el campo. En torno a 2003, con España en plena burbuja inmobiliaria y pueblos de agricultores que se habían convertido en dormitorios de Madrid, los jóvenes se dedicaban al mundo del ladrillo y todos los viñedos y los campos se perdían. Los que siguen montados en un tractor y trabajando viñas, se alegraron de que nos dedicáramos a esto, pero a la vez, cuando empezamos a trabajar las viñas con un proceso diferente, que no compartían, hubo bastante conflicto y reproches. Yo entonces no lo entendía, pero con el tiempo me dí cuenta de que, aunque no les decía como lo tenían que hacer ellos, en el fondo, les estaba insinuando que lo estaban haciendo mal…
¿Y cuál es esa filosofía?

Es una forma de trabajar muy ligada a lo que hemos aprendido en nuestros viajes. Dejar los vinos no tan cargados de madera, tan modernos, ni tan estructurados y fuertes. Nuestra referencia es Borgoña, su elegancia y su frescura, aunque hay otras. Y salir con apertura de mente y humildad, no con ganas de enseñar sino de aprender, absorber como esponjas la manera de trabajar de estos sitios para luego aplicarlo en nuestra zona. No hemos inventado nada, pero hemos intentado hacer un estilo diferente del que se hacia en España y ahora, quizás muchos vienen detrás de esa línea que abrimos, junto a otros, hace unos años.
¿Y eso tiene relación con la manera de hacer el vino o con el cuidado de las viñas?

Yo creo que con las dos. No se puede separar una y otra. Nuestra filosofía se basa en la agricultura orgánica y ecológica, biodinámica en los mejores viñedos, y en intentar entender la naturaleza y respetarla para hacer vinos que sean el reflejo exacto de la viña de la que proceden. El vino es un producto agrícola y no industrial, en el cual, cada viña con su situación, altitud, orientación, variedad y suelo diferente, genera algo potencialmente diferente. Queremos hacer vinos que reflejen la identidad de un pueblo o de una parcela. Las gamas base son vinos de pueblo, que se elaboran con las uvas procedentes de distintas viñas de un mismo término municipal y luego, elaboramos por separado los vinos de una viña en concreto, con una capacidad o potencialidad que creemos mayor. Esto no lo hemos inventado nosotros, se practica en Borgoña desde hace siglos y es una parte mágica de entender el vino. Para eso tienes que trabajar la viña de manera respetuosa con el medio, sin herbicidas químicos, porque para representar esa identidad, el suelo debe estar rico y que las raíces profundicen y capten todo el mineral. Luego en bodega, pasa lo mismo; por mucho que críes y elabores las viñas por separado, si la uva viene medio muerta, pues no sabe a nada, y aunque venga viva, si elaboras el vino añadiendo levaduras seleccionadas que podemos comprar todos los enólogos del mundo en la misma tienda, o en las mismas barricas, entonces el vino solo sabe a esas levaduras industriales y al tostado de la barrica. Al final todos los vinos se parecen, que es un poco lo que ha pasado en todos estos últimos años. Queremos huir de eso.
Elabora de manera local, pero piensa de manera global…

No es una contradicción. Nuestros vinos son globales porque llegan a todas partes, pero son concretos, con una identidad que los hace únicos e interesantes para el consumidor.
Esa forma de elaboración más industrial, ¿cree que se debe a una moda?

Es complicado de explicar. En España empieza el gran cambio enológico en torno al año 90, cuando una serie de personas cambiaron de mentalidad. Grandes zonas históricas, de viñedos viejos con variedades increíbles y condiciones excelentes, tenían muy poco conocimiento y tecnología en bodega y poco espíritu para hacer grandes vinos. Antes se hacían vinos baratos, de granel, fuertes y muy ligados a las cooperativas. En 20 años, se ha pasado de ese modelo a buscar grandes vinos. Por otro lado, en los últimos años, una moda ligada a los críticos del vino, sobre todo Robert Parker, ha impuesto un gusto subjetivo, al que tanto compradores como bodegueros, le han hecho demasiado caso. Una persona esta moldeando y condicionando las ventas del sector en todo el mundo, a la que le gustan los vinos con gran capa de color, mucha estructura, muy concentrados, con alta maduración de la fruta, con fuerte paso por barrica, y eso es lo que ha marcado la tendencia en España.
Eran los vinos que le gustaban al señor Parker…

Claro, todos sacaban su gama más cara, su vino de autor, que era la copia del vino de al lado, porque todos querían sus puntos… Es que te cambia la vida comercialmente y asienta mucho las ventas de un proyecto. Todo esto ha sido lo que ha hecho que los vinos de todo el mundo se hayan globalizado y se parezcan tanto entre ellos que en una cata a ciegas sería muy difícil diferenciarlos. Esto es de una tristeza enorme. Incluso se ha tendido a plantar las mismas variedades en las diferentes zonas vitícolas y eso hace que el vino deje de ser un producto mágico, agrícola, con identidad…¡Si es que por eso tienen la etiqueta por detrás de una denominación de origen determinada, porque saben diferente! Yo creo que el mercado esta cansado de todo eso. Nosotros empezamos en la línea contraria, en la de buscar la elegancia, la frescura. Fuera madera, fuera concentración, fuera fruta madura y vamos a respetar la identidad de la viña, del pueblo.
Suena a pataleta…

No, suena a que te gusta eso y a que quieres ir en esa dirección. Hace siete u ocho años esto no era muy habitual. Recuerdo las críticas a mis vinos… me los querían tirar a la cara, porque decían que no tenían color, que parecían agua, que no tenían potencia. Ahora sí hay tendencia a volver a la identidad y yo me alegro porque nuestra línea se valora y a nosotros nos va bien. Además, como consumidores vamos a tener vinos mucho mas interesantes para todos. Evidentemente, esto no le gusta a todo el mundo, no todos están preparados para probar cosas diferentes. Hay gente que tiene un gusto predeterminado y todo lo que se salga de ahí no le gusta o es malo. Se llevarían grandes sorpresas si educasen su olfato y su gusto.
¿Cree que es posible que la gente vea el vino de la misma manera que lo ve usted?

Se están haciendo muchas cosas. Trabajamos mucho en este aspecto para llegar a la gente joven, con productos amables, incluso con nombres sugerentes. Desde Comando G [otro de sus proyectos en colaboración con otros dos enólogos de la zona], parte del éxito de nuestro vino La Bruja Avería, se debe a su nombre, a la accesibilidad para la gente de nuestra generación, lo divertido de las etiquetas y los precios accesibles. El entorno del vino no debería verse como un mundo snob, solo para gente con dinero y que sabe mucho de esto. El vino era lo más corriente en la cultura mediterránea y ha sido base de nuestra dieta. Eso se ha perdido, el vino se está viendo sustituido por la cerveza, no hay tiempo para comer y estamos en un momento histórico de cambio de sociedad y mentalidad. Es el mundo del take-away y el vino no entra ahí. Hace años la gente tenía trabajos mas físicos, no tanto de ordenador u oficina y la gente necesitaba energía. No había carne como ahora y la gente lo suplía con vino. Los hábitos sociales, culturales y gastronómicos han cambiado y el vino se ha visto relegado a un mundo más culto o para grandes fiestas y se ha perdido el consumo diario. Hay que recuperar eso y se esta haciendo poco a poco. No todo el mundo tiene que tener mucho dinero para consumir un buen vino…
El vino no es tan caro como lo pintan…

No, no es más caro que otras bebidas. Ha habido un trabajo en la restauración poco adecuado para el consumo de vino, es decir, todo el mundo se creía que podía hacerse rico con vinos que llegaban a los restaurantes sin coste ni riesgo para ellos. La gente se encontraba con cartas de vinos con precios inaccesibles, de mala calidad y muy caros. La gente ha estado bebiendo vinos regulares y no se quiere gastar tanto dinero por una cosa regular. Si probase grandes vinos a precios más asequibles, seguramente se engancharían mucho mas.
Pero son los que también dan a conocer sus vinos…

Sí, pero el restaurador hace comidas y no vino. Da el servicio y lo presenta, pero no debe forrarse a costa del vino, su producto no es ese. Hay muchos casos en los que le meten el margen adecuado, con el que ganan, pero potencian el consumo. Dan buenos vinos a buen precio, con lo cual la gente sale mas contenta e incluso, en lugar de una botella se beben dos. Se ha creado una burbuja también con esto y al final no se bebe vino y no gana nadie. Creo que es mejor meter un margen menor y facilitar que la gente no tenga miedo a pedir un vino porque no sabe…¡yo tampoco tengo que saber como se hacen los macarrones! Sí que es cierto, que es un producto de disfrute y que algunos grandes vinos son para una determinada gente, pero el vino debería volver a las raíces de nuestra sociedad y ser accesible a todo el mundo. Para eso, el consumo debería ser más fluido, con precios adecuados, presentaciones y nombres que entiendan los cambios sociales, con bodegueros que sepan comunicar y con un trabajo en restauración más comedido que en los últimos años, que ha sido de especulación absoluta…Eso aleja a la sociedad del consumo del vino.


¿Cuándo diría que fue el momento en que todo empezó a funcionar, que iba para adelante?

Ambos proyectos están muy bien considerados hoy en día, colocados y con buena aceptación profesional, pero sigue habiendo problemas de liquidez, debido a la crisis.
Pero bueno, usted ya cobra de su proyecto…

Si, es el tercer año que cobro de él. Me pasé seis años sin cobrar nada, poniendo dinero y viviendo de las cuatro perras que conseguía de otros proyectos como asesor. La situación cambia a partir de 2009. Hasta entonces las pasamos canutas y estuvimos con muchas probabilidades de cerrar. Faltaba la liquidez, la crisis internacional era una realidad y los bancos cerraron el grifo. Empezaron a retrasarse pagos de clientes y la situación era bastante complicada. La aparición de los vinos de parcelas, de viñas muy concretas, que son Cantos del Diablo, El Fin del Mundo y El Reventón, que aparecen en enero de 2009, fueron la clave del éxito. Ese año se fue generando una opinión diferente entre los periodistas, distribuidores y exportadores. Conseguimos muchos clientes, dar un salto cualitativo muy importante y entre el 2009 y 2010 se fundamentó la base del éxito con esas viñas y esos vinos.
Todos los viticultores dicen que esos vinos son muy importantes, pero que lo que les pone en el lugar que están son los vinos de base, en su caso Piélago y Sotorrondero

Son los vinos de los que vives. Hay vinos que pagan facturas, que hacen que la empresa funcione y hay pequeños vinos, estos de parcela, que son los que te dan el respeto. Es una pirámide. Estos no te dan de comer directamente, son muy poca producción, pero sí mueven las ventas desde el respeto. Si con eso consigues que la gente influyente del mundo del vino te considere como uno de los mejores, todo lo demás viene detrás, porque mucha gente empieza a confiar en ti y a pedir tus vinos. Entonces sí, los vinos de base te dan de comer, pero lo que hace vender los vinos de base es la reputación que consigues con los de arriba. La base de una empresa es siempre la gama de abajo, pero la imagen comercial y de ventas la consigues con los vinos de arriba.
En el caso de Comando G, ¿cree que han sido Umbrías y Rumbo al Norte los que han hecho que se haya agotado La Bruja Avería nada más salir?

Eso es, la calidad de los vinos de parcela es lo que te sitúa y hace que la gente te mire de otra manera. Si haces solo Sotorrondero o solo La Bruja Avería, la gente no entendería el proyecto como lo entiende ahora.
Las sensaciones al irse a la cama tienen que ser completamente diferentes con un proyecto en el que su familia se hipoteca [Jiménez-Landi] que con otro que nace del conocimiento [Comando G]…

Es totalmente diferente. El compromiso es igual a la hora de trabajar, pero la responsabilidad con terceras personas no es el mismo. Comando G nace en 2008 como una cosa de tres enólogos amigos, y si hay que cerrar sufres tú, pero Jiménez-Landi tiene una raíz familiar, con varias generaciones detrás avalando algo que, a lo mejor, ellos quisieron hacer y no pudieron. Ahora apoyan a otra generación a seguir adelante. Sientes un compromiso bancario y familiar muy diferente y, por lo tanto, eso crea una responsabilidad diferente.
Y después de haberlo pasado mal al montar su bodega, ¿como se metió en otro proyecto de cero?

Pues vuelve a ser lo mismo. El problema es que nos gusta mucho esto, ese es quizás el problema…
Problema o virtud…

Sí, problema o virtud. Para mí el viñedo y el vino es una forma de vivir. Yo tengo la suerte de dedicarme a lo que me gusta y de hacer los vinos como yo quiero, en mi zona y lo que realmente nos apasiona. Al final, intento hacer el vino antes que como enólogo o viticultor, como consumidor. Como consumidor disfruto con un estilo que intento llevar a mis vinos. Respecto a Comando G se juntó todo. Por un lado los amigos, Fernando García y Marc Isart, que ya habíamos hablado en el master de hacer algo juntos desde esa ilusión y ese cariño. A la vez ves, que si no coges esos viñedos y los trabajas, se están perdiendo tesoros de la enología española. Una cosa lleva a la otra y nacimos muy pequeños, seguimos siendo muy pequeños, pero lo bueno es que es muy diferente. Comando G no tiene créditos, no tiene bodega…
Pero ahora van a tenerla…

Ahora vamos a tenerla, pero es porque se han hecho las cosas como se tiene que hacer. Al empezar un proyecto, lo primero es la viña, elegirla bien, después demostrar que puedes hacer grandes vinos y, con la marca ya asentada, entonces se empieza con las grandes inversiones. En este caso, con poca inversión, que siempre hace falta, y unos años, hemos logrado que el proyecto se mantenga y a la vez se puede dar el paso de hacer las grandes inversiones, como montar la bodega, comprar la maquinaria, ampliar la cantidad, etcétera. En Jiménez-Landi ha sido al revés, montamos todo lo que era familiar y ya saldremos como salga el sol por Antequera para sacarlo sí o sí por convencimiento, por pasión y por trabajo.
En el mundo del vino, ¿no se nota la crisis?

Se nota muchísimo. ¿Cómo no lo vas a notar si los clientes no salen a cenar y no consumen vino? Vivimos en la psicología del miedo, los bancos dejan de dar dinero y todas las empresas lo notan, se dedique a lo que se dedique, y las bodegas enormemente. Nosotros tenemos la suerte de ser muy pequeñitos, de que las cosas van bien y de tener todo vendido, pero a veces me da vergüenza decirlo. Aún así, tenemos problemas de liquidez y si los clientes pagan peor puede haber algún problema. El nuestro es un caso raro y hay mucha gente que lo esta pasando muy mal.
¿Cuáles cree que son las zonas vitícolas con más potencial?

Eso es muy complicado, porque potencial tienen muchas, muchísimas, y hasta que no trabajas un tiempo en una, no sabes que potencial puede tener, así que mucho menos sin haber trabajado mas que en la mía. Y además, en una determinada zona hay muchos elaboradores diferentes.
Eso es un cambio de mentalidad, porque la gente dice mucho que se ha bebido un rioja o un ribera, pero no todos son iguales…

Eso es como decir que me he leído un libro. Vale, pero qué libro. O que he visto una película, pero ¿de qué director?
Entonces, ¿qué es lo que más le gusta?

Hay muchas cosas que no se han descubierto todavía, pero creo que Galicia tiene unas condiciones privilegiadas para hacer vinos blancos y algunos de sus tintos me encantan. Me gusta el vino fresco, elegante y mineral, sin que sea moderno y muy maderizado. Creo que en Valdeorras hay cosas muy buenas, como los vinos de Rafa Palacios. En Monterrey está Quinta da Muradela, con grandes vinos, Ribera Sacra es brutal y en Rias Baixas se hacen muchas cosas bien. El norte de España, Asturias y Santander. La Rioja tiene unas condiciones muy buenas con la línea de Tondonia de hace tiempo, para hacer cosas interesantes y Priorato tiene unas grandes condiciones, aparte de que paisajísticamente es espectacular. El Bierzo también, la parte de Corullón es impresionante, el Ampordá y a la sierra de Gredos debería venir más gente a elaborar, por sus viñedos en altura y su garnacha. Hay un montón de sitios con variedades locales adaptadas a esos climas…
Y acorde con su filosofía…

Claro, pero insisto, también hace falta que haya bodegas que hagan vinos industriales, pero que no nos quieran vender un producto como artesano, cuando no lo es.
¿E internacionalmente?

Pues Borgoña es lo que más me emociona, y el norte del Ródano, pero ahí ya depende de los elaboradores.
Se ha convertido en un abanderado de la garnacha, y la G de Comando G viene de ahí, ¿no?

Es que es lo que trabajamos. Para mí la garnacha es quizás el pinot noir del sur y una de las variedades más elegantes para hacer vinos tintos. Por eso me siento un privilegiado. Es una variedad muy difícil de trabajar tanto en viña como en bodega, pero luego los vinos que potencialmente puedes sacar a mí me emocionan.
¿Cree que las zonas más modernas, como Chile o Australia, se equivocan en su manera de elaborar?

No, no puedo decir eso. Uno se equivoca cuando no consigue una cosa y yo no sé si ellos están consiguiendo sus objetivos o no. Están haciendo las cosas bien pero con otro objetivo.
Pero se van más hacia la industrialización del producto…

Sí, eso sí. La vieja Europa es la magia del vino con autenticidad, con cepas viejas y terroirs y viñedos con cientos de años de estudio, cuya cumbre es Borgoña. El nuevo mundo es más anglosajón, en el que el coste, el precio, el comercio, la industrialización, las grandes extensiones y el marketing es su bandera. Todo vale para hacer un producto que se comercialice y ganar dinero. Esto no quiere decir que no se hagan grandes cosas. Yo acabo de venir impresionado de California. Creo que a los vinos les falta algo de profundidad, mineralizad y esencia que los hace inferiores a los grandes vinos europeos, pero es porque tienen viñedos jóvenes y las raíces no han profundizado y no sacan esa complejidad, esa mineralizad, pero que dentro de 20 años están en condiciones de arrasar, porque no saben ni de lejos menos que nosotros. No vas a ir a enseñarles nada y cuando sus viñedos sean viejos van a tener las mismas potencialidades que en Europa y el que quiera buscar la excelencia, va a tener las condiciones, el conocimiento y la capacidad técnica para hacerlo. Pero los objetivos son diferentes, una gran bodega de mil hectáreas, no puede poner el mismo cariño, barrica por barrica. La guerra es otra, es hacer cinco millones de botellas con buena calidad y buen coste.
Y todo este trabajo de montar su negocio, ¿qué le ha obligado a dejar de lado en lo personal?

Tiempo. Lo que no tienes es tiempo, para ti, tu familia, tus amigos, tu novia. Ahí pierdes bastante. También pierdes relaciones en el camino, te separas de otras y tienes que dejar cosas de lado, aficiones, deseos, pero al final haces algo que te emociona, que es tu trabajo pero también tu pasión, tu sentido. Si las cosas van bien, tendremos más tiempo para recuperar las cosas que dejamos de lado estos últimos 10 años.

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