El ocaso de la ciencia

En el laboratorio de Jesús del Mazo reina el silencio. Es tan acusado que se puede escuchar el leve zumbido de las máquinas en funcionamiento y el teclear en el ordenador de la única persona que trabaja con este biólogo, que es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) desde hace 30 años. “Entre 2007 y 2008 llegamos a ser hasta nueve personas aquí trajinando”, recuerda. “Ahora solo quedan dos y uno de ellos me acaba de pedir una carta de recomendación para irse a México”.
Entre 2006 y 2009, España vivió su boom científico y aumentó su presupuesto de 6.500 a casi 9.700 millones de euros. El Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero quiso equiparar España con los países más avanzados de Europa en materia científica, como Francia o Alemania. Pero con el estallido de la crisis económica, el propio Zapatero inició, en 2010, una larga serie de recortes económicos que han desembocado en los presupuestos para ciencia de 2013, elaborados por el nuevo Gobierno del PP. Las partidas para investigación regresan a los niveles de inversión de 1985, justo cuando arrancó el sistema moderno de ciencia y tecnología.
El hachazo a los presupuestos de marzo de 2012, con un recorte del más del 25% respecto a 2011, se siente sobre todo en el Plan Nacional de I+D+i, la principal fuente de financiación pública para el desarrollo de proyectos y la contratación de personal.
Por si fuera poco, en 2013 el gasto real se reducirá otro 6% y se quedará en un 0,21% del PIB. Desde la Secretaría de Estado no han querido entrar en detalles, con la excusa de que van a presentar los presupuestos de ciencia en los próximos días, pero este nuevo recorte en el raquítico flujo de la subvención pública condena a la precariedad permanente y al exilio a la generación de jóvenes científicos mejor formada de la historia de España.
Ya fuera del laboratorio, del Mazo admite que al colaborador que tecleaba frente al ordenador sólo le podrá pagar “hasta el año que viene”. El descenso continuo en el dinero para contrataciones ha aplastado el ánimo de sus colaboradores. “Hemos estado sometidos a una desmoralización continua”, declara con cansancio en la voz. También confiesa que hay días en los que piensa en “no levantarse para ir a trabajar”, y añade: “Cambiar el pesimismo de la realidad por el optimismo de la voluntad, es algo que te absorbe la energía”.
El caso más sangrante es el de los investigadores contratados mediante los programas Ramón y Cajal y Juan de la Cierva, los más excelentes de entre los jóvenes científicos españoles. La química Rut Guil, del Instituto de Catálisis y Petroleoquímica del CSIC ha sido una de ellos. A sus 43 años, lleva en los laboratorios desde 1995 investigando la producción de hidrógeno como fuente de energía que sustituya a los combustibles fósiles. Sus múltiples descubrimientos y patentes le sirvieron para obtener un contrato Ramón y Cajal entre 2006 y 2010.
Ahora, dos años después, Guil trabaja a tiempo parcial como titulado superior, en una plaza a la que podía haber accedido nada más salir de la universidad. “Cobro unos 1.200 euros mensuales menos que antes, y tengo que dar clases particulares para llegar a fin de mes”. Sus expectativas de futuro pasan por que el grupo con el que trabaja pueda ofrecerle un contrato similar al que tiene por otros 10 meses. Suspira y aclara: “Aguanto así por vocación”.
En 2012 se anunció la convocatoria de solo 340 de estos contratos de excelencia frente a los 600 de 2011, pero al final el concurso se resolverá en 2013, con lo que el Estado se ha saltado un año. La secretaria de Estado de Investigación, Carmen Vela, escribió un carta en la prestigiosa revista Nature (en inglés), en la que justificaba la reducción del número de estos contratos para “primar la excelencia” de los que los reciban.
A pesar de que es la salida que toman muchos investigadores españoles, Guil defiende que emigrar no es tan buena opción. “Salir al extranjero para luego volver a trabajar aquí es una mentira”, asegura. Lo argumenta con dos razones de peso. En primer lugar, España tiene grupos de referencia internacional en casi todos los campos de la ciencia, por lo que no siempre es un cambio para mejor. Y para volver, se necesita el apoyo de un grupo con el que se ha perdido el contacto por trabajar fuera.
Los recortes también afectan al funcionamiento de los centros de investigación y amenaza la supervivencia de muchos de ellos. El CSIC, la mayor agencia científica de España, que reúne a más de 100 centros, anunció este pasado verano que entre 2008 y 2012 había dejado de recibir 496 millones de euros. “Ahora tenemos que echar cuentas para buscar que los experimentos nos cuesten lo menos posible”, apunta del Mazo. “Estamos quedando a la altura del betún respecto a otros países, porque no nos podemos permitir determinados experimentos por el coste del material y los servicios”. También denuncia que, en ocasiones, tienen que dejar de lado nuevos descubrimientos porque no hay dinero para seguir avanzando sobre los mismos.
La situación ya tiene consecuencias. Este año, por primera vez, varias de las instalaciones del CSIC han tenido que cerrar 15 días en verano. Además, algunas ya comparten servicios comunes, como gerencia o biblioteca, e incluso se contempla la fusión de centros.

En la agencia confirman que la falta de fondos ha provocado la eliminación del programa de contratación con recursos propios JAE-CSIC, en marcha desde 2006. La última reducción de un 10% de su presupuesto pone al mayor organismo de investigación del país al borde de la quiebra y abre el camino a un ERE de su personal laboral.
“Alemania, que es quien impone todos estos ajustes presupuestarios, está aumentando su inversión en ciencia, lo mismo que EE UU y Francia, y eso quiere decir que saben de sobra lo necesaria que es la ciencia para el futuro de un país”, sigue razonando del Mazo. En un informe de principios de noviembre, CC OO ya advertía que mientras en España se reducía drásticamente la inversión pública en I+D, EE UU había aumentado el presupuesto de su agencia nacional de ciencia (NSF) en un 22,6% en los últimos tres años. Y, al contrario que España, Alemania y Francia han impulsado sus grandes centros, como el Max Planck o el CNRS respectivamente, “fortaleciendo sus sistemas de I+D y sus infraestructuras científicas para afrontar el reto de la crisis”.
Por otro lado, la inversión privada en investigación es casi inexistente en las empresas españolas, a pesar de que el Estado destina muchos más fondos para créditos al sector empresarial que al público (3.659 millones de euros en 2013).
Este esfuerzo financiador del Estado no requiere que las empresas justifiquen su gasto, y sirve para mejorar su índice de inversión en I+D, aunque luego no empleen los fondos para eso. “Aquí, solo las grandes compañías tienen departamentos científicos reducidos”, afirma Guil. De hecho, la mayoría de las empresas que se asocian con los grupos de investigación españoles son extranjeras. “Así nos venden luego la tecnología que hemos contribuido a generar”, denuncia.
A sus 61 años, del Mazo sigue intentando descubrir qué es lo que hace que una célula normal se transforme en óvulo o en espermatozoide, una cuestión en la que cree que está comprometido algo tan esencial como la permanencia de las especies, “incluida la nuestra”. Sin embargo, asegura que los estudios a los que se dedican desde hace años “ahora no interesan”, y que para conseguir financiación ha tenido que “adornarlo” con los problemas de infertilidad. En los últimos años ha coordinado dos megaproyectos europeos en los que trabajaban hasta siete grupos de investigación de nivel internacional. A día de hoy, su grupo subsiste gracias a un dinero que recibe del Ministerio de Ciencia francés (y a los remanentes de su último proyecto europeo) para estudiar el efecto de los compuestos contaminantes ambientales sobre la fertilidad, que producen problemas tan graves como la malformación de los genitales, cáncer testicular o la degradación del esperma en cantidad y calidad. Si no tuviese esas fuentes de ingresos, tendría que ir a su despacho “a mirar por la ventana”, y eso que su trabajo profundiza en los estudios de los científicos estadounidenses Fire y Mello, que les valieron la obtención del Premio Nobel de Medicina en 2006. Es un ejemplo más de cómo se está descuidando en España una investigación básica con una enorme aplicabilidad en importantes campos científicos, como el estudio del cáncer, los problemas degenerativos de memoria o el tratamiento de adicciones a las drogas.
La moda en España es generar ciencia sobre la base de la demanda social y la imagen y utilidad pública que pueda tener, aunque esto también sucede en el resto de Europa. La filosofía científica imperante en la UE es la de la aplicabilidad inmediata. Del Mazo tiene claro que “ese no es el camino” y asegura que la probabilidad de que surja algo verdaderamente innovador es cada vez menor cuando se destruye la ciencia básica que soporta el sistema. Guil también cree que en España “se ha crecido más por cuestiones de moda que por necesidad” y que en los años de bonanza “no hubo criterios reales para ver hacia dónde se crecía”.
Ambos coinciden en que para que la ciencia española tenga futuro es necesario que exista un gran pacto de Estado, al margen de ideologías y programas políticos. Creen que se debe cambiar la conciencia social en esta materia, que ahora está “por los suelos”, a pesar de que los científicos aparecen en las encuestas entre los profesionales más valorados por los ciudadanos.
Respecto al futuro, son muchos los que defienden que el Plan Estratégico que ha presentado el Gobierno para 2013-2020, no es más que “papel mojado”, ya que carece de fundamento científico y no establece lo que el Gobierno está dispuesto a invertir.
Esto no reconoce el papel relevante que la ciencia juega en el futuro del país: “¿Qué estrategia hay en echar a la calle a los investigadores que acaban su contrato Ramón y Cajal y que son la joven élite científica de España?” se preguntan las 42 sociedades (que representan a más de 25.000 científicos) que presentaron en noviembre ante la Secretaría de Estado de Ciencia un documento criticando el nuevo planteamiento.
Este no contempla fórmulas para estabilizar al capital humano, que en la actualidad está engrosando las cifras del paro o se está yendo a otros países. Allí los reciben con los brazos abiertos, ya que la inversión de formación ya está realizada y costeada por España. Algo que no dejan de repetir todos es que la recuperación es siempre mucho más costosa que la destrucción.

Manuel Salesa Calvo es contratado Ramón y Cajal en el Museo de Ciencias Naturales en Madrid
El programa Ramón y Cajal se creó para recuperar cerebros fugados al extranjero prometiendo una plaza fija en España. “Tengo un papel que dice que soy un investigador excelente”, explica Salesa, uno de los mayores especialistas del mundo en el estudio de carnívoros fósiles. El Estado se ha gastado 400.000 euros en su formación, pero en enero se le acaba el contrato y tendrá que abandonar sus proyectos.
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