Un mal dia (II)

(Si quieres conocer cómo fue la primera parte de este ‘mal día’, consúltalo aquí)

Recuerdo ese día como una ininterrumpida e interminable nube de fuego, humo y pavesas ardientes. Ya incluso desde el instante en el que, con el chirriante sonido de los motores del Sokol taladrando nuestros oídos, pudimos divisar desde el aire el gigantesco hongo grisáceo, de varios kilómetros de extensión, que amenazaba con cubrir el horizonte. La misma que nos recibió arropándonos calurosamente cuando tomamos tierra y nos alejamos corriendo del ensordecedor traqueteo de las aspas de nuestro helicóptero que ya levantaba otra vez el vuelo. Eran poco más de las ocho de la mañana y no volveríamos a verlo de nuevo en el resto del día.

A ratos, la espesa nube se abre dejando pasar momentáneos y tibios rayos de luz, las instantáneas que testifican que no estaba realmente en mitad de un sueño, que no formaba parte de una dantesca pesadilla. Los pocos minutos que tardó aquella ladera de enfrente, de la que nos separaba una extensa lengua de agua, en convertirse en una negra y devastada superficie lunar. El aviso lejano, los nervios y la puesta en marcha. Siguiendo el frente del fuego, comenzamos el trabajo de extinción debajo de los pinos, durante el cual había que masticar cada bocanada de aire de tan denso como era el humo y que me hizo meter la cabeza en un agujero excavado en el suelo, buscando ansioso el escaso aire limpio que iba quedando en aquel descenso a los infiernos.

La amenaza corre de boca en boca y nos replegamos apresurados hacia un saliente de roca ya quemado para evitar vernos atrapados entre dos cortinas de fuego. Me paseo demasiado cerca del precipicio y una mano fuerte me agarra para que no vaya más allá. Poco después el humo se hace aún más denso. Algunas decenas de metros por debajo de nuestra posición los árboles se encienden como cerillas en muy pocos segundos y la fuerza del fuego levanta hacia nosotros durante horas oleadas de calor acompañadas de un espeso humo. Apenas se ve algo a pocos metros de distancia.

foto buendia 1

El cansancio hace acto de presencia. La exigencia física del trabajo y las grandes cantidades de CO2 inhalado permiten que el sueño se vaya apoderando del cuerpo y la mente. Consigo sentarme en el suelo sin que me molesten mucho las humeantes rocas que horas después de que pase el fuego aún queman a través de la ropa ignífuga. Un pequeño pisotón y unas frases breves me alertan del peligro de quedarme dormido en esas condiciones. Uno no sabe si se va a volver a despertar.

Hace rato que se nos ha acabado el agua de nuestras cantimploras. No pensábamos que fuésemos a estar tanto tiempo rodeados por el fuego y aún resulta muy peligroso salir de dónde nos encontramos. Nos hemos juntado en el risco rocoso con otra brigada de bomberos forestales que, como nosotros, se han visto sorprendidos por la rapidez y la virulencia del incendio. Todos son hombres más mayores y más experimentados que nosotros, que nos animan a mojar nuestros pañuelos con un poco de agua de las mochilas extintoras para poder respirar a través de ellos. Es asombroso lo poco que duran mojados. Después de tantas horas pasando sed casi se sucumbe a la tentación de echarle un trago a esa agua recogida en las sucias acequias donde las prisas y la necesidad buenamente te permiten.

Mis lentillas cada vez están más secas y ahora apenas consigo mantener los ojos abiertos por mucho tiempo. El nerviosismo y la incertidumbre comienzan a hacer mella en nuestra paciencia y se empiezan a escuchar los primeros gritos. Los de nuestros jefes de brigada que no consiguen comunicar nuestra situación a los responsables de extinción del incendio. Son ya miles las hectáreas de monte que se están quemando y la gestión de personal y medios de extinción se hace cada vez más complicada. Nosotros estamos literalmente perdidos e incomunicados.

El piloto de un helicóptero que descarga agua por esa zona nos ve y acerca el aparato para intentar aterrizar y sacarnos de allí, pero el suelo quemado que nos rodea se levanta en una cegadora tormenta de polvo y piedras cada vez que se acerca. El rescate se hace imposible. De nada sirve que hayamos limpiado de vegetación quemada un amplio espacio a nuestro alrededor. Lo peor de todo es que ya empieza a anochecer y a oscuras nadie nos va a poder sacar de allí.

Las llamas empiezan a bajar de intensidad y cuando el humo nos da un respiro podemos ver que nos encontramos a tiro de piedra del agua del pantano. Si saltásemos con fuerza hacia delante desde el risco en el que nos encontramos casi caeríamos al agua muchos metros más abajo. Sin embargo, cansados de esperar a que nos localicen, nos atrevemos a descolgarnos del alto donde estamos e ir cruzando hasta el agua por los terrenos baldíos por los que ya ha pasado el fuego. Cuando, por fin, conseguimos llegar hasta ella, dejamos las herramientas en la orilla y nos zambullimos vestidos con la ropa ignífuga directamente en el frescor del agua, desde la que podíamos ver el deslumbrante espectáculo de luz y sonido de cuando todo se quema a nuestro alrededor. Mirábamos con la boca abierta y, mientras, nos bebíamos todo el agua que nos cabía en el estómago.

foto cuadrilla

Varias lanchas fueraborda y un helicóptero de rescate del ejército nos sacaron de allí y nos trasladaron al pueblo, donde se situaba la base de operaciones para la extinción, en la que nuestro técnico tuvo una bronca monumental con el responsable, que, en vista de la hora que era de la noche y las que llevábamos perdidos en el incendio, nos animó a comer algo en uno de los bares del pueblo que suministraba la comida para los brigadistas que trabajaban a esa hora en labores de extinción y control. En un incendio de esa magnitud puedo asegurar que son muchos.

Los vecinos allí reunidos, muchos asustados, preocupados por sus propias casas y expectantes ante las noticias que le pudiesen ir facilitando, nos recibió con aplausos nada más vernos entrar por la puerta, aún sin saber por que difícil trance acabábamos de pasar. No pude contener el llanto de gratitud y de alivio. Las lágrimas sabían a hollín y dibujaron unos profundos surcos en la irreconocible cara que me devolvió la mirada en el espejo del baño de aquel local y de la que solo se podían distinguir los ojos y los dientes. Lo demás estaba completamente negro. Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando llegábamos de nuevo a la base y dejábamos atrás uno de los peores días de nuestra vida.

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