Un papel que alimenta

La escena parece sacada de otra época, una de hambre y miseria, en la que salvar los reparos de hurgar en la basura ajena podía significar comer otro día más. Una, a la que, a medida que pasan los días, en lugar de alejarnos, nos acercamos de manera inexorable. Será verdad entonces que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, lejos de una realidad de mondas y mugre a la que más temprano que tarde tendremos que retornar. O quizás el lujoso tren al que nos subimos iba demasiado deprisa y ahora, a falta del carbón con el que alimentar su alocada carrera, toca bajarse y empujar.

Hace horas que la noche difumina los contornos de Madrid  y los escasos transeúntes que se dejan ver por las calles caminan rápido, arrebujados en sus ropas de abrigo, protegiéndose del viento frío que se escurre raudo por las aceras, levanta las hojas caídas de los árboles en un baile frenético y dobla las esquinas para meterse, con un escalofrío, por el cuello del gabán. Eolo vuelve a hacerse dueño y señor de los que antaño fueran sus baldíos dominios. Amenaza lluvia.

El ronroneo cansado de un viejo camión se escucha a lo lejos. Se acerca lentamente precedido por el penetrante olor a carburante que a su motor achacoso le cuesta ya quemar, un aroma que se asemeja mucho al que sorprende al turista occidental cuando aterriza en mitad de los densos ambientes de muchas ciudades latinoamericanas o asiáticas, que no parecen haberse acostumbrado aún al uso del catalizador. El vehículo desacelera al acercarse a un cruce, gira con dificultad y enfila bamboleándose por una bocacalle escasamente iluminada, en la que coches aparcados en ambas aceras se disponen para pasar la noche.

Unos cuantos metros más adelante, el descascarillado camión frena sin parar el motor delante de unos grandes contenedores de papel y dos hombres se apean de él. Uno lo hace de la cabina por la puerta del copiloto y el otro se baja por la parte trasera del remolque, en el que, al estar abierto, se puede distinguir a otra persona más que se pasea, inestable, sobre un mosaico multicolor de cartones y papeles aplastados. Los tres visten unas raídas camisetas y pantalones cortos, aunque no parecen hacerle mucho caso al frío húmedo que trae la noche, y que dibuja nubecitas de aliento en cada una de sus respiraciones. Se mueven rápido, en una danza muda y sincronizada que se diría que han ensayado más de un millón de veces. Sin mediar una sola palabra, descargan entre todos una enorme caja de cartón vacía, la acercan a la acera y le hacen una señal al conductor. Este pone de nuevo en marcha la camioneta que, al poco, se vuelve a perder en la oscuridad de la noche.

Todos ellos tienen bien aprendida la lección de que el silencio que respeta el descanso de los vecinos es el mejor antídoto contra una inesperada visita de la policía, así que se quedan plantados en mitad de la calzada viendo como el camión se aleja. Hasta que el ruido del motor no es más que un ligero zumbido lejano no se ponen manos a la obra. El que se había apeado de la cabina se acerca al contenedor, enciende una linterna frontal que ha sacado del bolsillo y, con ella colocada en la frente, mete la cabeza por la ranura. Tras un breve vistazo en el interior, la vuelve a sacar y cruza unas palabras con su compañero, que espera a unos metros de distancia con la caja de cartón. Parece que le gusta lo que ha visto, así que, con gran agilidad, vuelve a meter la cabeza en el depósito, después los hombros, luego el tronco, y con un impulso levanta las piernas que, tras un instante suspendidas en el aire, también desaparecen en el interior… Es como si al contenedor de repente le hubiesen crecido unas patas retractiles.

En ese momento, aparece de nuevo el camión doblando la esquina, pero pasa de largo al percatarse del pulgar levantado del chico que cuida de la caja. Estará dando vueltas a la manzana hasta que los chavales (ninguno aparenta más de 18 años) hayan terminado su trabajo: vaciar a conciencia a esa caja de cartón esos contenedores hasta que no quede dentro ni un raquítico trozo de papel. Cada gramo cuenta… aunque poco. La Asociación Española de Recuperadores de Papel y Cartón (Repacar) da una idea de cuánto. En el primer trimestre de 2013, el precio de una tonelada de la mezcla sin clasificar que estos chicos sacan de esos depósitos azules fue de 100,60 euros. El cartón (106,61 euros por tonelada) y el papel de periódico (137,77) se cotizan un poco más y, por eso, los separan eficientemente del resto. Sacrificado beneficio, aunque mayor que hace escasos años. En 2009, por ejemplo, el cartón se pagaba a 35 euros por tonelada y el papel de periódico a 82.

Quien se ve perjudicado por esta recogida alternativa del tesoro que esconden los contenedores azules es la empresa FCC, que ostenta la concesión en el municipio de Madrid del aprovechamiento de este material. Estos outsiders del negocio del papel reciclado, del que en España se recuperan casi 4,6 millones de toneladas, que generan, según Repacar, una facturación de 810 millones de euros al año,  tan solo son un ejemplo más de un fenómeno que las firmas especializadas en la recogida de residuos han detectado que se ha intensificado con la crisis y con el incremento del precio del material. El responsable de una de estas compañías confirma que la mayoría de los que recurren a esta forma de ganarse la vida son trabajadores en paro y personas sin recursos que buscan llevar un plato de comida caliente a sus mesas. Es, en definitiva, un papel que alimenta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s