Transgénicos en Europa: cinismo agroalimentario

Mucho, muchísimo, se ha escrito sobre los organismos modificados genéticamente o los comúnmente llamados transgénicos. Y lo que queda… Los medios de comunicación, como vehículos de canalización del maremágnum de opiniones surgidas al calor del desarrollo de la civilización, se hacen eco, en mayor o menor medida, alineados a favor o en contra, de las siempre interesadas posiciones que defienden hasta las últimas consecuencias los diversos grupos de poder y presión social. La historia demuestra tozuda que esa ha sido, es y será la manera de afrontar un conflicto que, al igual que otros grandes avances científicos en el devenir de la humanidad, despierta encontradas y destructivas pasiones en el seno de una sociedad que raramente contempla los infinitos tonos de gris que separan al blanco del negro.

En el ojo del huracán, los Gobiernos europeos, cada vez menos unánimes y más apoltronados en los sillones desde los que ejercen su receloso papel de reguladores de lo que acontece dentro de su territorio nacional, se limitan a bascular como tentetiesos enfurecidos entre los cantos de sirena y presiones económicas de las divisiones de cultivos transgénicos de las grandes multinacionales químicas, las soflamas muchas veces apocalípticas de los ecologistas, las ansias productivistas de los agricultores, el absoluto desconocimiento por parte del consumidor medio y los informes científicos más o menos rigurosos. A este respecto, cabe añadir lo curioso que resulta que la comunidad investigadora, a pesar de ser uno de los estamentos en los que la población europea más confía y en cuyos trabajos más se apoyan muchas de las decisiones estratégicas de los Estados, esté siendo repetidamente ignorado en lo que a sus conclusiones respecto a los transgénicos se refiere. Es la clara demostración de cómo hacer oídos sordos a lo que no acaba de interesar y de cómo hacerle de paso un flaco favor a la construcción de un marco regulatorio común. Además, los abusos a la hora de imponer las clausulas de salvaguardia, por las que a pesar de lo decidido por la Comisión Europea en Bruselas cada país tiene la última palabra para vetar los transgénicos puertas para adentro de sus propias fronteras, envenenan aún más las relaciones entre los Gobiernos y la Unión.

Lo que sí tiene gran interés para Europa son las cifras de aceptación de esta nueva tecnología entre los países del resto del mundo. Como en toda disciplina científica, no existe nada absoluto, pero lo que sí se puede dar por seguro es que con cada año que pasa desde su nacimiento (en 1983 se creó el primer evento en el laboratorio y en 1994 se llevó a cabo la primera plantación transgénica en EE UU), esta tecnología no ha parado de ganar agricultores y superficie cultivada para su causa. Según los datos del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA por sus siglas en inglés), la red mundial de intercambio de información pública y privada sobre transgénicos, esta tecnología agrícola ha sido la de más rápida aceptación en la historia reciente de la humanidad, con 16 años de continuo crecimiento. En 2012, el número de hectáreas cultivadas en todo el mundo sumaban ya los 170,3 millones, multiplicando por 100 el área que se plantó el primer año (1,7 millones), y eran ya 28 los países en los que se criaban transgénicos (20 de ellos naciones en desarrollo). 17,3 millones de agricultores, tradicionalmente enemigos acérrimos de correr riesgos en sus inversiones, se han pasado al uso de estas técnicas. Un ejemplo significativo lo constituye Cuba (ese reducto anticapitalista), que acaba de dar luz verde a un proyecto piloto del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) de La Habana para la siembra de 3.000 hectáreas de un maíz resistente a la plaga del cogollero del maíz como parte de un programa de agricultura ecológica sostenible libre de plaguicidas. El argumento de la salvaje política de obtención de beneficios económicos por parte de las odiadas multinacionales productoras de semillas parece desvanecerse (en este caso) con la suave brisa marina del Caribe…

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Todo lo contrario ocurre en la elitista y siempre orgullosa de sí misma Europa (con cinco países agrobiotecnológicos y 130.000 hectáreas transgénicas, más del 80% de ellas concentradas en España), cuyos socios más poderosos (con Francia, Austria, Italia y, sobre todo, Alemania a la cabeza) se han plegado a las exigencias de una parte más o menos numerosa, más o menos integrista y más o menos documentada de una sociedad que lleva muchos años blandiendo la bandera de la pureza agrícola, el (repetidamente denostado) ecologismo y la producción tradicional. Al fin y al cabo, no es más que otro lobby que apuesta por productos de boutique que, aunque asequibles para los bolsillos más pudientes, son del todo inasumibles tanto para agricultores como para consumidores (y no solo para el ciudadano de a pié) de países más pobres y con menor protección de su agricultura que los europeos. Esta cínica manera de pensar y de posicionarse, admitiendo sin fisuras que las supuestas amenazas sobre la seguridad alimentaria y los ecosistemas merecen sepultar los avances científicos, sociales y medioambientales que esta tecnología podría representar, supone, además, un claro desafío competitivo para el sector agrícola y comercial del Viejo Continente.

El caso de Francia es, si cabe, más representativo del cinismo político con el que se ha venido retroalimentando el conflicto de los transgénicos en Europa en los últimos años y merece la pena detenerse un poco en él. El galo fue uno de los primeros países europeos en apostar por el estudio y desarrollo de los transgénicos, pero ha sido también pionero en prohibir el cultivo en su territorio, alegando (como otros) que aún no se conocen los posibles efectos a largo plazo que estos productos pueden tener sobre la salud y el medio ambiente. Sin embargo, tras más de 15 años de ensayos científicos internacionales que no han documentado efectos adversos concluyentes derivados de manera directa de esta tecnología, la razón de ese paso atrás se debería enmarcar más dentro del ámbito diplomático que en el de la preocupación por la salud del pueblo y su entorno. Las malas lenguas aseguran que se trata de una clara concesión a los movimientos ecologistas franceses e internacionales a cambio de que estos se olviden de los también posibles riesgos que representan los 59 reactores nucleares que hay en la actualidad en funcionamiento en el territorio francés y que cubren (mira tú por dónde) más del 75% de las necesidades energéticas del país. Poderoso caballero…

En el conjunto del territorio europeo los agricultores sólo tienen permitido (en esos cinco países) el cultivo de dos eventos transgénicos: una variedad de maíz, el MON810, resistente a la plaga del taladro y una variedad de patata, la AMFLORA, cuyo almidón está compuesto únicamente por amilopectina (en lugar de una mezcla de esta y amilosa), lo que en ambos casos (al margen de los astronómicos beneficios para las empresas dueñas de las patentes, Monsanto y BASF respectivamente) contribuye al ahorro de recursos, energía y costes por parte del productor. En el caso del maíz, además se reduce el impacto del cultivo sobre el medio ambiente por la notable reducción en el uso de plaguicidas químicos. Sin embargo, (otra vez cínicamente) se permite la comercialización de cientos de variedades de multitud de eventos transgénicos con origen en otros remotos países que abaratan el ya astronómico precio de los piensos que consume la también protegida cabaña ganadera europea, que surte a no pocas mesas de carnes y lácteos o disminuyen el gasto en materias primas de multitud de industrias.

Lo más paradigmático de las trabas administrativas (disuasorias) con las que los países europeos hacen frente a las solicitudes de cultivo y, aunque menos, también comercialización de transgénicos en su territorio es que favorecen en última instancia a esas tan repudiadas multinacionales biotecnológicas, que son las únicas con suficiente capacidad económica para soportar los eternos procesos gubernamentales previos a su aceptación. Europa está promoviendo así (no se sabe aún si a sabiendas de que lo hace) una selección natural de los más fuertes frente a los más pequeños. Por otro lado, la falta de apoyo a la investigación pública en este campo deja en manos privadas los futuros beneficios de esta tecnología, que deberían (como en el caso de Cuba ya referido) pertenecer al conjunto de la sociedad. Porque no hay que dejarse confundir por la reciente supuesta desbandada de los gigantes biotecnológicos de Europa (el único que aún no ha hecho las maletas es Bayer). Es otra medida de presión (una más) sobre los sistemas productivos y laborales de los países europeos en los que esas empresas tenían sedes buscando que la Comisión Europea agilice y flexibilice los procedimientos en curso, a ninguno de los cuales han renunciado. Y es que tan rápido como se han ido, pueden volver.

¿Y cuál es el último capítulo en este baile de cínicos pasos respecto a los transgénicos? Pues sencillamente cambiarles el nombre. Ahora, con una sociedad mayoritariamente escéptica respecto a esta tecnología (según el último Eurobarómetro sobre el tema, el 61% de los europeos muestra una oposición general a los alimentos modificados genéticamente), en el seno de la Unión existe un debate muy vivo sobre la cisgénesis, la introducción de genes mediante ingeniería genética provenientes de un individuo sexualmente compatible (casi se podría decir que es un autotransplante transgénico), y ya hay países como Holanda e Inglaterra que abogan por la creación de una nueva regulación que diferencie entre transgénicos y cisgénicos. La pregunta que cabría hacerse es para cuándo se tomaría una decisión al respecto si a día de hoy Europa aún discute sobre la aprobación o no de plantas que se crearon en los años 90…

Y todo esto mientras los avances científicos que se han producido en el camino de las técnicas de ingeniería genética podrían ofrecer la posibilidad de tener soluciones a demandas globales de la humanidad de tal calado como paliar problemas nutricionales de todo el continente asiático con el arroz dorado, cultivar plantas con tolerancia a la sequía que minimizarían los periodos de hambruna, por ejemplo, en el cuerno de África o utilizar vegetales como biofactorías naturales de proteínas o vacunas (como la soja contra el sida que se está investigando en Brasil). Sin embargo, el Eurobarómetro indica que los europeos encuestados siguen sintiendo que los transgénicos no aportan ningún beneficio y que este es un concepto con el que se siguen encontrando incómodos en general… Sin comentarios.

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