Comando G viticultores: Series de la ‘tele’ que bautizan vinos de película

Atardece en Cadalso de los Vidrios, un pequeño municipio de vocación vitícola en la esquina suroeste de la Comunidad de Madrid. Una anciana retira el visillo que cubre su ventana y se asoma a la calle desde la creciente oscuridad de su salón. Su mirada, recelosa, se detiene en la acera de enfrente, donde un gran portón metálico franquea la entrada a la bodega que la empresa Comando G viticultores (la G por la variedad, la garnacha, con la que trabajan) abrió allí hace apenas un año. Parece como si la mujer no entendiese la frenética actividad que se desarrolla a escasos metros de la puerta de su casa. La vendimia ha entrado en su recta final y el trajín de personas que entra y sale, el caos de cajas cargándose y descargándose y el continuo movimiento de vehículos hace días que no cesa.

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Seguramente la mujer desconfiaría aún más si supiese que los dos jóvenes enólogos (¡de pelo largo uno y barba espesa el otro!) que ahora dirigen la firma (¡y que bien podrían ser sus nietos!) han acudido a series de televisión de su juventud para darle nombre no solo a su sociedad, sino también a alguno de sus vinos. La señora difícilmente se podría imaginar que algunos de esos caldos se encuentran ya entre los más apreciados de España. Con esta moderna y particular manera de entender el ancestral negocio, Comando G viticultores ha conseguido (de paso) hacer más atractivos sus productos para los nuevos consumidores.

Y es que la curiosidad de la anciana del visillo es bien comprensible. En una modesta pedanía como esta, en las estribaciones de la Sierra de Gredos, la apertura de un nuevo establecimiento dedicado a la explotación vitícola, aunque no extraño (en esta zona se cultivan viñas y se hace vino desde hace varios siglos), sí resulta un gran acontecimiento y suele estar entre los temas recurrentes de las charlas entre vecinos. Es cierto que la bodega se puso en marcha a principios de septiembre de 2012, pero la empresa camina ya hacia su sexto año de vida. Fernando García y Daniel G. Jiménez-Landi (junto con Marc Isart, aunque hace ahora un año que abandonó la sociedad), ambos menores de 40 años y ya enólogos de reconocido prestigio a nivel internacional por sus propias carreras “en solitario”, ponen en común su experiencia y su filosofía de cara a la elaboración de vino, para dar alas a una iniciativa que cuenta actualmente con el respaldo de distribuidores y clientes de todo el mundo. El año pasado, las más de 10.000 botellas de su caldo más popular, al que han puesto el nombre de La Bruja Avería, se vendieron en poco más de un mes. El empresario Quim Vila, propietario de Vilaviniteca y uno de los mayores distribuidores de vino de España, confía en ellos para que le elaboren en exclusividad dos vinos (El Hombre Bala y La Mujer Cañón) para su proyecto Uvas Felices. Y, por si eso fuera poco, las garnachas de Comando G viticultores (que si lucen palmito con La Bruja Avería, ya se visten de gala con Las Umbrías y Rumbo al Norte), además de triunfar en España, están presentes ya en ocho países.

Parte de su éxito se debe, sin duda, a los nombres que han sacado de sus series de televisión favoritas, a la accesibilidad para la gente más joven, lo divertido de las etiquetas (en esta añada de 2012 su Bruja se va de viaje) y unos precios accesibles. Pero sobre todo al trabajo, al buen hacer y a la lucha por unos valores en los que creen. Lo normal es que mientras la vendimia ya ha terminado en casi toda la comarca, ellos todavía sigan recogiendo uva de alguna de sus parcelas. Un ejemplo es su microviña de 0,3 hectáreas en Navarrevisca (Ávila) que, por su localización, altitud y características climáticas, debe estar entre las más tardías del país. Y “solo” es una más de las parcelas que han ido adquiriendo y recuperando en los últimos años, muchas veces abandonadas, con viñas muy antiguas que fueron plantadas a mano con variedades que soportan mejor las características climáticas adversas de las zonas en las que se sitúan, pero a las que no dudan en dar su debido tiempo para que maduren. Esa pasión por el cuidado del producto que elaboran les lleva muchas veces a seleccionar casi uva por uva la materia prima que entra en sus barricas o incluso a trasegar el vino con pequeñas regaderas en lugar de la consabida bomba.

Pero el proyecto que ahora empieza a brillar con luz propia y que ha servido de inspiración a otras bodegas de esta y otras zonas vitícolas (4Monos viticultores es un excelente ejemplo), no siempre ha sido fácil. A la traumática salida de Marc Isart (enólogo de la bodega Bernaveleba) de la sociedad, hay que sumarle la escasa confianza del Estado y de los bancos en su naciente proyecto, que se viene traduciendo en un raquítico flujo de caja que les ha llevado incluso a tener que pedir prestada la maquinaria (muy cara, carísima) que necesitan para elaborar sus caldos. Y qué decir de los autofinanciados viajes sin descanso por medio mundo promocionando sus productos.

Si para ellos su trabajo no fuese también “su pasión”, difícilmente se entendería que no se hayan limitado a la parte industrial del producto, sino también a cuidar su relación con el contexto natural y cultural. La empresa Comando G viticultores intenta recuperar algo que cree que “se ha perdido” desde una perspectiva novedosa y televisiva.

Aterdece en Cadalso de los Vidrios y la señora del visillo se retira de nuevo a la oscuridad de su casa sin saber que los jóvenes de barba y pelos largos de la acera de enfrente no hacen otra cosa que ella no haya podido ver ya hace algunos años.

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