El sexo al revés

Es la Noche de los Libros y, que me perdone Cervantes, pero no se me ocurre mejor homenaje a tan insigne celebración que hablar de sexo. Al fin y al cabo, es uno de los vórtices socioculturales sobre el que seguramente más páginas se hayan escrito desde la noche de los tiempos. Se trata, además, de una interpretación extemporánea, aunque marcadamente materialista, del motivo por el que los amigos de FronteraD nos hemos reunido hoy: leer y ser leídos.

A estas alturas muchos ya se estarán preguntando si, como en el caso de este blog, es posible mezclar churras con merinas, o peor, temiendo que la descendencia sea un enorme Leviatán blanco cuyas fauces acaben de engullir a la propia literatura para siempre.

Pero lo cierto es que, con motivo de la Noche de los Libros, he acabado llegando al sexo a través de la ciencia. Buscando algo llamativo sobre lo que escribir para este ilustrado crepúsculo he topado con un curioso artículo publicado en la revista Current Biology que ha hecho que me acordarse súbitamente de una incomprendida joya cinematográfica de los 90, Poli de guardería por su adaptación en España(Muchas veces me pregunto por qué existirán esas conexiones sinápticas latentes que tanto llegan a asombrarme). Por si hay alguien que no se acuerda, en el papel del detective John Kimble, un anabolizado Arnold Schwarzenegger (al que seguramente no le vendría mal festejar muchas noches como esta) ponía firmes a los niños de una guardería a la que iba a parar como profesor, siguiendo la pista de un escurridizo pero siempre trajeado narcotraficante. En aquellos años, la elegancia estaba por encima de todo. Concretamente, me ha venido a la memoria la escena en la que un niño, hijo de ginecólogo, repite sin parar una lapidaria frase que casi pertenece ya al imaginario colectivo de los que fuimos a la EGB: “Los niños tienen pene y las niñas tienen vagina”.

Pues bien, ahora resulta que esta verdad no es tan universal como se creía. No, al menos, en el mundo de los insectos. Los autores del citado artículo, un grupo de investigadores de la Universidad de Hokkaido, en Japón, describen varias especies de insectos alados (del género Neotrogla para ser más exactos) que viven en cuevas abandonadas de Brasil y que, en apariencia, son únicas por presentar la versión más radical del cambio de roles sexuales durante el apareamiento: Las hembras son las que poseen el pene y los machos la vagina. Me imagino la cara que pondría nuestro amigo de gatillo fácil Schwarzenegger si a aquel niño de película se le hubiese ocurrido este cuento. Se hubiese llevado un balazo por ser hijo de un entomólogo en lugar de un ginecólogo.

Tras estudiar las prácticas reproductivas de estos singulares bichos, los científicos aseguran que esa transmutación no es solo física, sino que cada sexo se mete de lleno en el papel que le correspondería al género contrario, de manera que los machos se vuelven exigentes y quisquillosos a la hora de elegir pareja y las hembras promiscuas y agresivas.

En un acto sexual que supera con creces el sadomasoquismo, esa agresividad lleva a la hembra a montar sobre el macho y penetrarle repetida y brutalmente por detrás con su pene lleno de espinas, en sesiones que pueden durar incluso 70 horas, hasta recibir del macho una cápsula de esperma del tamaño de una lágrima. Una tortura, se mire por donde se mire.

La razón evolutiva que subyace a este sádico sexo al revés podría ser el hambre. Al menos eso es lo que cree el ecólogo brasileño Rodrigo Ferreira, el primero en descubrir a estos insectos casi literarios en las secas cavernas brasileñas, donde malviven alimentándose del guano de los murciélagos o de la ocasional muerte de alguno de estos. Considerando el menú, no es de extrañar que las hembras se hayan buscado otras maneras de completar su alimentación, con un nutritivo esperma que aceptan gustosas incluso siendo demasiado jóvenes para reproducirse.

Tampoco debería ser sorprendente que los machos se hayan vuelto tan exigentes y quisquillosos a la hora de aceptar a una hembra, visto el trauma por el que les obligan a pasar después.

¡Qué grandes perlas de fantasía literaria nos brinda la naturaleza a cada momento! ¡Y qué próximos se encuentran universos en apariencia tan lejanos entre sí (como el sexo, la ciencia o el cine de los 90) con ayuda de la literatura!

La única incógnita que aún permanece oculta es saber cómo se le habrá quedado el cuerpo a los sacrificados científicos después de este impagable trabajo, convertidos a la fuerza en voyeurs cavernícolas, en mirones obligados de estos despiadados rituales… Pero eso será otra noche.

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