Stairway to heaven

Qué poderosa atracción ejerce sobre el ser humano el espacio exterior, ese cambiante tapiz oscuro tachonado de reflejos, que nos rodea, que nos envuelve. ¡La última frontera del hombre! ¡El salvaje oeste sideral!

Potentes telescopios escudriñan palmo a palmo su negrura en busca de destinos vacacionales razonablemente habitables a los que no tardemos (literalmente) la vida en llegar. Antes de convertirse en costosa chatarra, modernos satélites y robots de múltiples y orgullosas nacionalidades facilitan cuantiosa información de nuestro entorno más cercano que ayude a valorar la categoría del reto al que se enfrenta la humanidad. Experimentados astronautas ponen a prueba su resistencia física y psicológica durante meses en la estrechez de cohetes y estaciones espaciales en aras del conocimiento común, como preparación al gran salto interestelar. ¡Demonios! ¡Pero si ya hemos conseguido poner un pie en la Luna!

En definitiva, ¡qué frenético impulso por encontrar una salida de nuestra cada vez más sucia y atestada madriguera!

Pues lo llevamos claro… Si se me permite la comparación, por ahora, es como si solo hubiésemos podido sacar la mano por la ventana para ver qué tiempo hace.

Con ese anhelo (el de salir de aquí, se entiende), un nutrido grupo de arquitectos, diseñadores y científicos de diferentes países han unido sus fuerzas para explorar las tecnologías necesarias que les permitan construir una nave espacial que puedan lanzar a la conquista del espacio y, a la vez, sostener la vida humana durante generaciones. Una especie de gran arca de Noé espacial que funcione como un bote salvavidas para la Tierra en caso de que el planeta afronte el desastre final en el próximo siglo.

Llegado el caso, no quiero ni pensar a qué precio se van a cotizar los billetes.

El proyecto se llama Persephone y no es ninguna broma. El plazo que se han dado para conseguirlo es de 100 años y vaya si se toman en serio estos chicos lo del desastre planetario: le ponen el nombre a su creación en honor a la doncella que, raptada por Hades, se convierte en reina de los muertos.

Los primeros diseños de la nave imaginan una esfera gigante de unos 15 kilómetros de diámetro rellena de un sustrato sobre el que se pueda asentar un complejo ecosistema de microbios, plantas y vida animal, y los humanos (entre 50 y 500 elegidos de los 7.000 millones que pueblan ahora el planeta), más que vivir en casas sobre ese suelo, lo van a hacer dentro de ese suelo, en habitaciones excavadas formando una red de galerías conectadas. Vamos, que los que de siempre han soñado con un placentero viaje por las estrellas ya se pueden ir quitando esa utópica idea de la cabeza.

Detalles de las investigaciones han salido a luz gracias a un artículo publicado en el diario británico The Guardian la semana pasada. Su autor, Ian Sample, revela detalles de su conversación con una de las investigadoras del programa espacial, la doctora Rachel Amstrong, que está trabajando en el desarrollo de posibles suelos sintéticos optimizados para mantener la vida y que sean capaces de reciclar desechos. “Necesitamos pensar en cómo vamos a poder vivir en el espacio durante un tiempo prolongado”, asegura Amstrong, que cree que hay que cambiar la básica concepción que se ha impuesto hasta ahora de coger una cápsula, poner aire dentro y lanzarla al espacio. Defiende que hay que ir un poco más allá. La idea es que la nave sea autosuficiente, que sea soporte de vida y que se autopropulse. Casi nada, ya que estos tres simples conceptos engloban problemas tales como la producción continua de alimento, agua y oxígeno, la estimulación de la sensación de gravedad o el perfeccionamiento de un sistema de propulsión revolucionario, que incluso pueda extraer el combustible de los asteroides que se crucen en su camino o de la basura que el hombre ha ido repartiendo por todo el universo.

Lo verdaderamente interesante es que algunos de sus descubrimientos tendrán unas aplicaciones enormes en la Tierra (en la sostenibilidad de las casas y las ciudades, por ejemplo) mucho antes de que el arca espacial esté construida. Y que esos avances los disfrutaremos todos y no solo un pequeño grupo de selectos individuos.

La iniciativa en la que se engloba este proyecto se llama Icarus Interstellar, una fundación sin ánimo de lucro  dedicada a la investigación y desarrollo de soluciones que hagan posibles los viajes interestelares, que no tiene una financiación estable, pero que se nutre de las subvenciones recibidas por los científicos a título personal. Quien, por el contrario, sí dispone de dinero estatal para su funcionamiento (de la NASA y del Departamento de Defensa estadounidense) es el proyecto 100 Year Starship, lanzado en 2012 y que, al igual que el Persephone, también explora las tecnologías necesarias para hacer viables los viajes espaciales a lo largo del próximo siglo.

Lo que parece claro es que vuelve a calar en buena parte de la sociedad una sentida preocupación por el avance de la llamada carrera espacial. Unos avances que, en última instancia, consigan salvar al ser humano de la extinción y enviarle (para no volver) a la conquista del salvaje universo (a pesar de que muchos científicos reconocen que no sería la mejor forma de vida que se debería salvar cuando la Tierra afronte su fin).

En ese caso, espero que, al menos, puestos a llevarse algo, no se olviden de la música. Yo, si tuviese que elegir, me llevaría esta.

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