Yonkis del sol

El jueves pasado en Madrid, creyendo que todo el mundo saldría en tromba a la calle para felicitar a Felipe VI por su recién estrenado reinado, decidí que podía ser un buen día para pasarlo en la piscina sin las habituales aglomeraciones propias de los baños públicos de la capital española.

Me equivoqué. Estaba, como en cualquier otro festivo, llena hasta la bandera.

Al entrar me encontré a muchas personas metidas en el agua (impensable lo de nadar unos largos sin hacer un trabajoso slalom), risas, reggaeton a todo volumen saliendo de teléfonos móviles de última generación, gritos y, sobre todo, muy pocos espacios libres para extender la toalla.

Sin pisar a nadie de manera milagrosa conseguí un pequeño hueco cerca de un hombre de mediana edad que, sentado con la cara hacia el cielo, humeaba literalmente bajo la cegadora luz ardiente del mediodía, la piel convertida en un basto cuero de centelleante color pardo-rojizo. Brillaba tanto que casi molestaba a los ojos y creo que por eso aún quedaba algo de sitio cerca de él.

Me embadurné de crema protectora, me fui a bañar, me tomé una caña fresquita y cuando volví, aquel hombre seguía en la misma posición en la que le había dejado (aliviadas mis pupilas) hacía más de una hora. Y así siguió, con una sonrisa en la boca, hasta que abandoné las instalaciones tras varios chapuzones. De verdad parecía extasiado tomando el sol durante horas, tostarse sin compasión, vuelta y vuelta, como un tierno chuletón de buey en la parrilla. Y como él muchos otros que, a pesar de la constante amenaza de desarrollar funestos melanomas o carcinomas en la piel, se abandonan sin mesura a los rayos del sol o a los de las cabinas de rayos uva.

Ya después, en casa, mientras me untaba el aftersun por litros y acordándome de aquel tanoréxico señor-estufa, no pude resistirme a indagar sobre este curioso comportamiento fratricida. Tenía que haber algo más que una simple obsesión por estar bronceado…

No escondo que solté un triunfal ¡eureka! cuando encontré un artículo científico publicado ese mismo día en la excelente revista Cell, capaz de explicar parcialmente esa tendencia cada vez más extendida en nuestra sociedad de torrarse de manera inmisericorde al sol. El estudio en cuestión, titulado “Una β-endorfina de la piel actúa como mediadora en la adicción a la luz ultravioleta”, viene a demostrar que individuos expuestos a unas determinadas dosis de rayos uva pueden llegar a exhibir comportamientos similares a los que produce la adicción a cualquier otra droga derivada del opio, convirtiéndose sin remisión en verdaderos yonkis del sol.

Es cierto que los ensayos se realizaron sobre ratones, pero la posibilidad de que esto también pueda ocurrir en humanos, explicaría por qué hombres y mujeres como el que me encontré en la abarrotada piscina salen a la búsqueda de su chute diario de luz solar a pesar de los riesgos que ello conlleva, e incluso habiendo sido ya diagnosticados de cáncer de piel.

Los investigadores descubrieron que, frente a los que no tomaban el sol, los roedores expuestos repetidamente a luz ultravioleta producían de manera natural altas cantidades de un opioide llamado β-endorfina, una de las comúnmente denominadas hormonas del bienestar, de gran similitud bioquímica con la heroína y cuya acción principal en el organismo es la de bloquear a los receptores del dolor en el cerebro. Lo asombroso es que cuando los científicos suministraban a los ratones una droga que anula el efecto del opioide, estos mostraban los síntomas propios de un síndrome de abstinencia, incluidos los temblores y el castañeteo de dientes.

El oncólogo que ha dirigido el trabajo en el Hospital General Massachusetts de Boston (EE UU), David Fischer, explica que su grupo empezó a interesarse por la adicción a la luz solar al estudiar los mecanismos moleculares que hay detrás de la producción de pigmentos cutáneos tras la exposición a radiación ultravioleta. Descubrieron que algunas células de la piel también sintetizaban endorfinas como respuesta a ese estímulo y que la producían en cantidades suficientes como para incrementar la tolerancia al dolor y cambiar el comportamiento general del individuo en cuestión.

Es justo resaltar que los ratones están muy lejos de parecerse a los humanos, pero los resultados de este experimento establecen un posible fundamento científico a un hecho (el de querer ponerse moreno a toda costa) al que, aunque socialmente aceptado, no se le ha estado prestando la necesaria atención fuera de los laboratorios de muchos centros oncológicos del mundo.

Y es que a ver quién es el listo que convence a un adolescente (y a otros no tan jóvenes) de que no necesita broncearse para ligar en la playa este verano… Me imagino lo que le respondería: ¡¿Tú te drogas o qué?!

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