Con el hombre hemos topado

Se abre el telón y se ve a una (en apariencia) sencilla familia de campesinos sentada en una paca de heno, mirando el ocaso y esperando a que la Luna aparezca en el firmamento. Hablando de sus cosas, el tiempo se les pasa volando hasta que, hora y media (y eones) más tarde, la Luna hace por fin acto de presencia. Entretanto, muchos secretos han sido revelados. Se cierra el telón.

No voy a preguntar cómo se llama la película, porque esto no se trata de ningún chiste. Se trata más bien de una visión del cosmos desde su nacimiento, de cómo se condensó la materia y se formaron las estrellas. Del surgimiento de la luz, del origen de la vida y de una particular y eterna búsqueda del amor. El circo de la existencia como la vida misma. Se trata, a fin de cuentas, de teatro universal.

Sentado en la butaca, deleitado con la representación de Qfwfq, una historia del universo, la fantástica adaptación de la compañía Teatro Meridional de las Cosmicómicas de Italo Calvino (ahora ya lamentablemente fuera de cartel), vi desfilar ante mí increíbles acontecimientos del devenir de la creación: la gran muchedumbre primigenia que se apiñaba en el único punto inicial (que ríete tú de las aglomeraciones en las fiestas de mi pueblo este verano), los espaguetis con albóndigas que fueron el detonante del Big Bang, la expansión del universo con sus galaxias y nebulosas en un veloz desplazamiento sideral, eras geológicas pretéritas imposibles de definir hasta que no llegó la luz para poder decir que esto es esto y aquello es aquello y hasta un malhumorado y conservador tío de la familia que se oponía (infructuosamente) a la mismísima evolución. Y es que la especie humana es la única que tiene la rarísima suerte (o desgracia) de saber cual es su sitio en este espacio lleno de nada. “Todos somos polvo de estrellas”, ha llegado a afirmar el genial físico teórico Lawrence M. Krauss, autor del casi visionario ensayo titulado Un universo surgido de la nada, que ofrece una versión de la formación del cosmos un tanto diferente a la de Qfwfq, el protagonista de la obra de Calvino.

El curso de estos peculiares sucesos que han desembocado en que hoy estemos donde estamos (de pura chiripa, no nos olvidemos), me hizo pensar (a veces me da por ahí) en el destino que le aguarda al ser humano, y en si pasará a los anales de una hipotética historia galáctica (si es que algo o alguien tiene el interés de escribirla cuando nosotros ya no estemos para hacerlo) como uno de los organismos más egoístas y destructivos que jamás hayan existido.

Seguramente tengan algo que ver en tan inquietante meditación unos recientes descubrimientos cuanto menos alarmantes sobre las huellas imborrables que el hombre moderno (aunque no por eso menos medieval) está dejando en el entorno que le rodea. La pasada semana, la revista científica Nature recogía las conclusiones de un estudio que se presentaba en el congreso anual de la Asociación para la Biología y la Conservación Tropical (ATBC por sus siglas en inglés), la mayor organización mundial dedicada al estudio y la conservación de los ecosistemas tropicales, que estima en cerca de 15 millones de hectáreas (el equivalente, por ejemplo, a la superficie de Nepal) la deforestación que se produjo en la primera década de este siglo en Indonesia, hogar de la tercera mayor selva tropical del mundo. Este país asiático posee el penoso honor de ser el de mayor tasa de pérdida forestal del mundo.

Ante tan magna distinción, Indonesia congeló en 2011 los permisos que iban a permitir a distintas empresas devastar otros 64 millones de hectáreas de su territorio (recordemos que el de España es de poco más de 50 millones), sin embargo, esta moratoria no revocaba las licencias ya concedidas. “Es de vital importancia frenar el índice de deforestación de las selvas de Indonesia y Brasil si queremos proteger lo que queda de biodiversidad y a la vez reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos a la atmósfera”, ha declarado Lian Pin Koh, uno de los investigadores responsables del citado trabajo. Llueve sobre mojado.

Pero no es la deforestación el hit de moda de este verano, sino la defaunación, el nuevo término que los científicos han acuñado para definir la reciente extinción masiva de animales en todo el planeta. Desde el año 1500 se han extinguido más de 300 especies de vertebrados y se han reducido considerablemente las poblaciones de las que quedan. En los invertebrados, esas mermas pueden llegar al 45%. ¡Las actividades del ser humano son la causa de la sexta gran extinción planetaria! ¡Nos hemos convertido en una catástrofe de la categoría de un gran meteorito!

A este paso pronto vamos a quedarnos solos. No es de extrañar que, ante tal panorama, el sabio Qfwfq optase al fin por emigrar a la Luna con ayuda de una escalera.

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