Naturaleza 2.0

Es mediodía. De entre las frescas sombras de un pinar asoma un coche. Brillando bajo los rayos del sol recorre lento unas decenas de metros por un camino que serpentea entre dunas cubiertas a medias por vegetación baja. Tras de sí va dejando una escueta estela de polvo. Cuando el camino de tierra se termina y da paso a una estrecha pasarela de madera que se adentra aún más entre las dunas, el coche se detiene. A lo lejos, allí donde las tablas que forman el paseo desaparecen por detrás de un gran montículo de arena, se atisba el comienzo de una playa. El cielo es azul intenso, sin nubes. De fondo se escucha el bramido sordo y constante del océano.

Una mujer de atractiva figura está sentada en una toalla, las piernas dobladas sobre el pecho y la barbilla apoyada sobre sus rodillas. Salvo por algún paseante ocasional, la playa en la que se encuentra, de varios kilómetros de largo, aparece casi desierta. Una suave brisa cargada de sal mece suavemente los pinos a su espalda. El día es radiante. Con las manos entierra distraída sus pies en la arena, mientras mira intensamente el mar frente a ella. Lleva las uñas de los pies pintadas de rojo. Le encanta acercarse a este lugar. En él se siente como si todo le perteneciese: las grandes rocas que franquean uno de los laterales de la playa y entre las que se pueden pescar pulpos y cangrejos cuando baja la marea, las algas que bailan perezosas al vaivén de las corrientes, las gaviotas que cruzan chillando en un vuelo veloz por encima de ella, las blancas crestas de las olas sobre el oscuro océano. Su océano, su playa.

¿De dónde nace esa sensación de pertenencia, de comunión con el entorno, de posesión? Y más importante, ¿a dónde nos conduce? Llevo dándole vueltas a esto desde que leí un artículo escrito por Jon Mooallem para las páginas de opinión de The New York Times titulado Streaming eagles, que abre un foro de discusión sobre cómo internet altera nuestra percepción de la naturaleza y la manera de relacionarnos con ella.

El debate parte de la revelación (al menos para mí lo fue) de que cientos de cámaras repartidas por todo el mundo retransmiten online y en tiempo real las actividades de diversos animales en su hábitat natural: osos polares, colibríes, leones marinos, lobos, medusas, grullas, patos… Que nadie piense en los grandes documentales que emite La 2 los fines de semana mientras España entera se echa la siesta. No ofrecen nada más (y nada menos) que la emisión ininterrumpida de los animales haciendo aquello que se supone que hacen en su vida diaria. Salvo en algunas contadas y emocionantes ocasiones (como aquella en la que un oso y tres lobos se disputan un ciervo muerto en el Parque Natural de Somiedo Asturias), no se trata de nada impactante: un bisonte pastando en la pradera o un castor durmiendo en su madriguera. A menudo, ni siquiera se ven animales al conectar con alguna de esas cámaras. Sin embargo, alguna de ellas llega a tener cerca de cien millones de visitas al año. Parece que no están tan solos los animales como cree la poeta Olvido García Valdés.

Mooallem se cuestiona la razón de este masivo seguimiento en internet de los quehaceres diarios de los animales salvajes, de este atracón de pausado realismo natural muy similar al que la gente se da tragándose sucesivos capítulos de series televisivas: llenar las últimas horas de calma tensa previas a la llegada de los niños del colegio, voyeurismo, insomnio, relajación o sencillamente que mirar lo que ocurre al otro de una cámara colocada en la naturaleza apacigua la soledad de nuestra vida cotidiana.

Pero, ¿hasta dónde llega esa interacción con el medio ambiente? Como veremos, no se limita solo al plasma frío de la pantalla del ordenador. Va mucho más allá. La discusión nace de un incidente ocurrido en Minnesota con una familia de las denominadas águilas calvas, las bellísimas rapaces de cola y cabeza blancas que se han convertido en uno de los símbolos patrióticos más importantes de los Estados Unidos. El pasado mayo, los internautas que se encontraban observando lo que retransmitía en streaming una cámara colocada por el Departamento Estatal de Recursos Naturales en un nido de esas águilas se dieron cuenta de que uno de los tres polluelos estaba muy inmóvil y parecía estar sufriendo. El pajarito no se podía levantar para comer y estaba claro que así no iba a sobrevivir mucho más tiempo. Según hace referencia Mooallem en su artículo la audiencia de esa cámara había crecido enormemente desde que se supo de la puesta de los huevos. La gente había seguido intensamente su evolución en el nido y a los pollos, cuando nacieron, hasta se les había puesto nombre en las redes sociales.

A la mañana siguiente, el Departamento de Recursos Naturales se vio bombardeado de correos electrónicos, avisos por las redes sociales y llamadas telefónicas pidiendo que alguien subiese al nido para que el polluelo pudiese recibir atención médica. Pero ese departamento tiene la política de no intervenir y de dejar que la naturaleza siga su curso. De hecho, su portavoz ya adelantaba la situación al declarar anteriormente al suceso que “no iban a apagar la cámara” y “no iban a escalar al nido” pasase lo que pasase con los polluelos. Pero las quejas del público se hacían cada vez más desesperadas y hostiles. Una señora llegó a llamar llorando desconsolada porque no podía entender la negativa de la agencia de ayudar al polluelo. Toda esta gente, sin embargo, no había dado señales de incomodidad cuando una de las águilas adultas había traído una paloma muerta al nido y al descuartizarla para alimentar a su prole se descubrió que era madre porque tenía un huevo dentro. ¡Qué contradicción!

Los e-mails continuaron llegando todo el día, algunos incluso enfáticos, con todas las letras escritas en mayúscula, y otros amenazando con encontrar el nido y rescatar al polluelo por su cuenta. Al final, recibieron una llamada de la oficina del gobernador del Estado, que se estaba viendo también saturada con llamadas a consecuencia de este incidente, y querían saber como el departamento tenía pensado llevar el caso. En menos de dos horas, dos operarios escalaron al nido y se llevaron al pobre pájaro, que no tenía ninguna posibilidad de recuperación al tener un ala rota, una gran herida abierta y una infección generalizada. Tuvo que ser ejecutado. Cuando se hizo público, las redes sociales se llenaron de mensajes de pesar, aunque agradeciendo al Departamento de Recursos Naturales el haberles escuchado para ayudar al polluelo, aunque solo fuese a tener una muerte más confortable.

Lo cierto es que en Minnesota la gente ha conseguido transformar una cámara en la naturaleza en otra cosa muy distinta. En lugar de apreciar lo que estaban viendo en su propio contexto natural, lo vieron como algo con lo que no estaban de acuerdo y cambiaron por la fuerza lo que ocurría en su pantalla del ordenador. Haciendo zapping con el mando. De hecho, esta conducta no difiere mucho de como nos relacionamos con el medio ambiente sin un plasma de por medio: manejando y manipulando el mundo salvaje según nuestras ideas preconcebidas sobre lo que está bien y lo que está mal, qué es natural y qué una aberración. No se debe olvidar que las águilas calvas, ahora protegidas en todo el país, eran tratadas como alimañas hasta bien entrado el siglo pasado, y como tales fueron perseguidas y exterminadas.

En el fondo coincido con Mooallem en que son los sentimientos los que rigen nuestra relación con el entorno: cumple con el rol de satisfacer nuestra necesidad de protegerlo.

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