El suicidio de los árboles

A veces resulta frustrante hacer el esfuerzo de centrarse en el desarrollo retórico de una idea concreta, de dejar que las manos interpreten el dictado de la voluntad, la casi inconsciente y febril danza creativa de esa escritura que suele tener un punto de partida y sigue un recorrido del que se puede intuir el final. Como ahora, que me encuentro con un ingente número de recortes y cuartillas desperdigados por la mesa, notas de varias fechas manuscritas en un cuaderno de espiral y tapas negras en tintas de diferentes colores y escuchando aún los postreros ecos de unos susurros de papel que se han colado en el torrente de los sueños para desembocar en una mañana de garganta seca, malhumor y sensación de pesadez en los párpados. Con las primeras luces del día se vuelven a desvanecer veloces, inasibles como el agua entre los dedos, las pinceladas de ese algo a lo que llevo días dando vueltas y más vueltas y que, de tanto manosearlo, ha acabado por difuminarse del todo, dejando tras de sí, broma macabra, el angustioso y recurrente desafío de enfrentarse a una nueva página en blanco o, como ahora, a un naciente párrafo.

Otras veces, sin embargo, la inofensiva letra de una canción que se escucha suave en el patio de luces del edificio al tiempo que algún vecino trajina en su cuarto de baño, la conversación apagada de dos señoras mayores en la cola del autobús o el sencillo y desinteresado consejo de un amigo que no sabe cómo deshacerse de ti desde el otro lado de la línea telefónica porque se le quema la cena, se convierten en la llave de una puerta que, semejante a una sinapsis onírica, conecta directamente con los sueños y que, una vez abierta, deja escapar a borbotones sujetos y predicados, verbos, atributos y complementos circunstanciales que, valga la circunstancia, sirvan para que el cerebro encuentre otra vez su lugar dentro del cráneo y la niebla se evapore, calentada por la luz de un sol que ilumina, como por arte de magia, los ahora nítidos contornos del camino.

Un camino, por otro lado, que nunca se sabe lo que puede deparar y que no está exento de claroscuros, de umbrías tenebrosas o de brillos cegadores, de esos que, a ratos, engañan a la vista para que te imagines que caminas, Jesucristo superstar, por encima del agua antes de que te quieras dar cuenta de que estás con ella al cuello, de recodos tranquilos donde sentarse a comer un sencillo bocadillo de jamón serrano, queso y tomate o a beber de la bota un trago de vino que invariablemente se escurrirá por las comisuras de la boca para mancharte la camiseta. Un camino lleno también de peligros y amenazas, como la de encontrarse con algún cazador bravío, enhiesta su lanza, si te internas descuidado por salvajes fincas castellanas, toparse con traicioneras bolsas olvidadas rebosantes de dinero negro en billetes de quinientos euros, si decides, empujado por la crisis, poner rumbo a Suiza pasando por Andorra, o que simple y llanamente se te caiga la rama de un árbol encima, si a lo que te has atrevido es a dar un paseo por alguna sombreada acera de Madrid.

Y es que, recordando otra vez la natural sabiduría de Olvido García Valdés, están muy solos los árboles. Los de la capital más que ningún otro. Tan solos los han dejado los guardianes de este bosque animado, ocupados como están en salvar de la hoguera el banco de madera en el que se sientan, pero expectantes a la vez, hacha en ristre, para hacer leña del árbol caído, que no les queda otra salida que el suicidio, consecuencia dramática de anteriores desahucios vegetales, de las bárbaras acciones de unos hombres que no amaban a los árboles y, a la postre, desesperado legado de una Botella echada hace tiempo al mar y al olvido.

Pero no parece que sea el océano el caldo de cultivo adecuado para sus llamadas de socorro. En el fondo, en esa insondable profundidad en la que los peces que aún quedan se esconden para escapar del acoso al que los sometemos, para lamerse las heridas y reponerse de los agravios recibidos durante siglos, el mar no se trata más que de otro líquido manicomio lleno de suicidas. Pensemos, sin ir más lejos, en las ballenas, en la cantidad de ellas que buscan el descanso a tanta ansiedad en costas de todo el mundo, año tras año, familias enteras que, desorientadas por unas actividades humanas cada vez más invasivas y ruidosas, se ven de pronto varadas en la playa, víctimas impotentes de su majestuosidad, la boca abierta de estupor y agonía. No hay mucha prisa por arreglar esto, pensarán algunos, más preocupados por si el güisqui y el cava obtienen o no su propia denominación de origen, cuando acaba de regresar esa expedición que enviamos a investigar el estado en el que se encuentran los mares (que tan mala espina nos daba) para anunciarnos que no están tan mal como esperábamos, que es cierto que estamos envenenando las aguas, pero poquito, y que no nos alarmemos, porque con el hielo que va quedando aún nos podemos hacer unos buenos gintonics.

Así que, a quién le importa que el arbolado urbano se escurra imparable por la inclinada ladera de la desesperación (y la desaparición) y que, sin manos con las que asirse a la pendiente o al borde del acantilado, acabe precipitándose al vacío. Ya vendrá después el momento en el que, sin estudios de viabilidad ni listas de espera que valgan, llegarán rápidamente los expertos, sacarán sus motosierras, reducirán con estruendo los apéndices desgajados, al individuo entero si hace falta, a diminutas astillas y, como si no hubiera pasado nada, barrerán los desechos debajo de una alfombra que ya se empieza a quedar pequeña para esconder tanta basura. Y aquí paz y después gloria.

Salvo, claro está, que los suicidas se conviertan en peligrosos kamikazes y se hagan acompañar en su terrible destino por algún audaz paseante o algún padre de familia que, loco él, se arriesgó a llevar a sus hijos a jugar al parque. Entonces nos llevaremos las manos a la cabeza y nos daremos cuenta de que el sol nos ha cocido los sesos por falta de sombra y que no eran los árboles, sino nuestra propia ceguera, la que no nos dejaba ver el bosque.

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