El siempre mar

Estamos tan absolutamente saturados de información, tan indiscriminadamente bombardeados de estímulos noticiarios, tan confundidos con los cegadores titulares de neón que se actualizan cada cuarto de hora en las portadas de los medios de comunicación, cualquiera que sea el dispositivo que utilicemos para enajenarnos, que, con cada día que pasa, cuesta mayor trabajo darse cuenta de lo rápido que se desvanece el elemento de reflexión de nuestra vida cibernética; un juicio que se está viendo reducido a la más miserable nada, una nada catatónica, de ojos abiertos como platos y respirar entrecortado, una nada desorientada y vacua, convertida a la fuerza en una paciente de media y larga estancia.

Muchas veces, incluso se nos olvida lo que teníamos intención de hacer antes de echar un vistazo ansioso a la prensa digital, de mirar el whatsapp, de revisar las inacabables notificaciones del correo electrónico o de descubrir las últimas tendencias en las redes sociales: La crisis del ébola, los opacos fantasmas de las tarjetas, la cuestión catalana… ¿Veis lo que decía? Con tanta arcada por poco se me pasa por alto que a mí (como a la mayoría de la sociedad española, según el último barómetro del CIS) lo que en realidad me interesaba era saber lo que está haciendo el Gobierno para combatir el paro y la corrupción. Empiezo a temer por el día venidero en el que ya no nos acordaremos de aquel tiempo pretérito en el que todavía pensábamos. Con suerte, los libros (ese “invento inigualable” para Alfonso Armada) aún no habrán desaparecido.

Por eso, he de confesar que, mientras la noche se escurría a cántaros por tejados y canalones de Madrid, por un momento me sentí en paz con el mundo en la re-presentación en la librería La Fugitiva del volumen Maestros del Periodismo, el primer libro que edita FronteraD en papel. Me invadió un sosiego melancólico escuchando a Eduardo del Campo y a Manuel Jabois dando(se) cuenta de este mismo mal que embrutece y homogeneíza la conciencia colectiva contemporánea, en contraposición con la cuidadosa calma con la que se escribían en aquellos años las crónicas seleccionadas por el primero para este antológico compendio. Me olvidé del teléfono, de actualizar el twitter y el facebook y me abandoné sin remordimientos a la apagada conversación y al amargo calor del café recién hecho.

Al poco, también acabé por apercibirme de que me encontraba en una librería, y mientras Eduardo del Campo nos invitaba a sentarnos en los pupitres de madera del aula en la que Antonio Machado daba clase y quién sabe si también donde escribió el artículo que dio origen al libro, dejé pasear libremente la mirada por las paredes cubiertas de estanterías repletas de tomos de diferentes tamaños y colores. No anhelaba nada en concreto, pero como casi siempre que uno encuentra las cosas precisamente cuando no las anda buscando, topé con el volumen Poesía Completa de Jorge Luis Borges, iluminado bibliotecario de las palabras, y tuve que levantarme de la silla vencido por la curiosidad.

El azar quiso que al abrir el pesado ejemplar por una página cualquiera, me encontrara con su poema El mar, que aquí reproduzco:

Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

No deja de ser sorprendente que fuese justo ese el poema que se me apareció en aquella acuosa noche, cuando pocos días antes había leído un artículo sobre un posible origen del mar en la revista Science, un estudio teórico que aboga por que no toda el agua del actual Sistema Solar se ha formado con él, sino mucho antes, lo que hace factible que en la Tierra exista agua más vieja incluso que el Sol. Los autores del trabajo defienden que casi tanta como la mitad de la que hay en los océanos terrestres. “El mar, el siempre mar, ya estaba y era”. Visionario Borges, que maldita la contradicción.

Los científicos llegaron a tan poética conclusión reconstruyendo las condiciones de la densa nube de gas y polvo de estrellas de la que se supone que procede nuestro Sistema Solar; una nube que contenía agua abundante en forma de hielo que se vaporizó cuando la estrella empezó a brillar, rompiendo muchas moléculas de agua en átomos de oxígeno e hidrógeno. Y la clave estaba precisamente en estimar si hubo algo de esa agua que no se desintegró y se volvió a formar después del alumbramiento del Sol.

Las moléculas de agua de nueva generación diferían de las primitivas en que sus átomos de hidrógeno eran más pesados, ya que, una vez libres en el espacio y al ser bombardeados por rayos cósmicos, sus núcleos captaban un neutrón que integraban al protón de carga positiva con el que ya contaban. Eso no le ocurría a los átomos de hidrógeno enlazados con el oxígeno en la configuración de una molécula de agua. Pues bien, los modelos desarrollados en el citado artículo predicen que no toda el agua que contiene hoy el Sistema Solar es de ese tipo (pesada), por lo que mucha tuvo que existir desde antes. Así, los astrónomos creen que no solo nuestro planeta heredó gran parte de su líquido vital del cúmulo gaseoso del que nació el Sol hace ya casi cinco mil millones de años, sino que esa agua interestelar puede haber estado presente en la formación de otros muchos sistemas solares y quizás de otros planetas parecidos a la Tierra.

Lo que sigue siendo aún una incógnita es lo que determina que en un planeta se formen océanos y estos no se sequen, como es probable que haya ocurrido, por ejemplo, en nuestro vecino Marte. Me pregunto si lo sabremos “el día ulterior que sucede a la agonía”.

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