El granado

Punica granatum. Paco Granados. ¡Qué fantástico parecido! Sorprende que la Botánica, esa sistemática ciencia del reino vegetal, sea capaz de ayudarnos a comprender tantas cosas de las que ocurren todos los días, no ya en nuestro entorno natural, sino también en el circo televisado en el que ha devenido la vida política de este país.

Dice Ginés López, investigador del CSIC en el Real Jardín Botánico, en su valiosa Guía de los árboles y arbustos de la Península Ibérica y Baleares, que el género Punica deriva del latín malus punica: manzana de Cartago, granada, y comparte con el sueco Carlos Linneo, el fundador de la taxonomía moderna y uno de los padres de la ecología, que el nombre parece derivar en último término de poenicus: fenicio, por haber sido aquellos legendarios comerciantes los importadores de la planta desde Oriente. ¿Y qué es Paco Granados sino un fabuloso (presunto) mercader de lo público que ha sabido encontrar una oculta ruta de la seda para que el dinero deje de pertenecer a todos para ser suyo y solo suyo y de su selecto género? No fue casualidad que le nombrasen consejero de transportes.

Es el granado un arbusto o pequeño arbolillo, caduco, de aspecto lustroso, a menudo espinoso, que suele florecer entre abril y junio y cuyo fruto madura entre septiembre y octubre. Aunque para este espécimen en concreto la floración se adelantó a febrero, cuando entre su ramificado follaje brotaron por sorpresa un millón y medio de euros suizos, lo cierto es que su maduración ha llegado más bien hacia el final de temporada. Esta granada madura, rebosante ya de corrupción, se ha caído al fin del árbol pillando (supuestamente) desprevenidos a los señoritos del cortijo, ocupados como están en resolver el entuerto de sacarnos de esta crisis provocada, recordemos, por haber vivido, despilfarradores todos, por encima de nuestras posibilidades (que no de las suyas). No debería extrañarnos mucho su distracción, visto el caso que le suelen hacer a los árboles. En cualquier otra empresa un poquito seria ya se hubiese procedido a la tala fulminante de la planta entera, atendiendo al incontable número de manzanas (de Cartago) podridas que lleva dando desde hace tiempo. Con cada día que pasa va quedando más claro que este no es un problema estacional, sino uno sistémico que parte desde la raíz. Y la marca se resiente. Más si cabe. El consumidor final está harto de que le intenten vender fruta pocha a precio de oro.

Puede vivir esta especie sobre cualquier tipo de sustrato, por lo que se ha naturalizado con notable éxito en distintos puntos de nuestra geografía: Madrid, Murcia, León, Valencia… aunque es más apreciado en las zonas áridas (de las impunes conciencias desvergonzadas), ya que, al estar protegida su fruta por una piel gruesa y coriácea que mancha las manos al manipularla, una cáscara de años de poder absolutista y gestión incontestable de la administración público-privada (férreos cancerberos de las puertas giratorias), se puede conservar durante largos periodos de tiempo sin que pierda sus cualidades germinativas. Una maceta grande y un poco de abono (al portador) y tenemos granados para rato.

Granatum significa granada, abundante en granos, si bien, además de su fruta, constatada ya su (presunta) podredumbre, el granado posee otras importantes propiedades de aplicación en medicina. La corteza de la raíz, por ejemplo, es rica en alcaloides como la peletierina, de propiedades vermífugas, que se usa para expulsar del cuerpo tenias y otros gusanos intestinales. A tenor de los más recientes acontecimientos, las letrinas no darían abasto para contener la purga política si se usase tan solo una pizca de esta sustancia en las estructuras de los partidos. Aquello se parecería más a un exorcismo. Paco levanta, tira de la manta…, dice la canción infantil más escuchada últimamente en el patio del colegio.

Finalmente, y como curiosidad botánica, cabe destacar que el cáliz persistente de los frutos del granado sirvió al parecer de modelo para la corona del rey Salomón, que luego fue copiada por casi todos los monarcas del mundo. A ver quién es ahora el listo al que se le ocurre colocarse esa corona (de espino más que de granado) encima de la cabeza. Ni arrimarse siquiera. Los notables se camuflan hoy entre el populacho y si te he visto no me acuerdo. No olvidemos que se trata de lo más granado de nuestra representación institucional y que de tontos no tienen ni un pelo.

Por eso, seguro que también saben que los antiguos egipcios eran enterrados con granadas, que se colocaban en la tumba antes de que se cerrase para siempre la losa por encima de ellos y solo quedase como recuerdo una efigie de piedra de mueca fija. Algo muy parecido al plasma de nuestros días.

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