Algo (no) se mueve en la ciencia

Algo se mueve en la ciencia. Cada vez son más los científicos españoles que se integran e incluso dirigen ambiciosos grupos de investigación financiados por prestigiosas instituciones u organismos internacionales, profesionales que han salido de nuestras universidades y centros científicos, y en cuya formación nos hemos gastado muchos miles (¿millones?) de euros. Que el Gobierno les haya dado la espalda (aquí ya se sabe que mal de muchos es consuelo de tontos), ahora que están en disposición de devolver ese esfuerzo, no significa nada más que su contribución de excelencia irá a parar a otras naciones más receptivas, que después nos venderán a precio de oro sus productos de alto valor añadido. La fuga de cerebros es un hecho que pocas veces se debe a los jugosos contratos que les ofrecen, en los que algunos gestores prefieren encontrar las causas de esa emigración forzosa, o que hipócritamente la niegan calificándola de “leyenda urbana exagerada”. Tiene más que ver con la posibilidad de que les dejen desarrollar sus proyectos sin injerencias, sin restricciones y sin trabas administrativas o materiales. Otras muchas veces tan sólo se trata de seguir trabajando por un sueldo digno o simplemente seguir trabajando.

Y es que nuestras instituciones científicas, universidades, CSIC y otros organismos públicos de investigación (OPIs), con sus estructuras anticuadas, endogámicas e inmovilistas, atados de pies y manos sus activos más dinámicos por una burocracia que exige el permiso del interventor de turno hasta para la compra de un paquete de folios, se fosilizan ajenas a la rápida internacionalización y dinamización del sector. Las nuevas incorporaciones se tienen que conformar demasiadas veces con una esquina abandonada del laboratorio, resto exiguo que queda del espacio ocupado por el ego o el miedo al cambio de no pocos catedráticos que, legitimados por el propio sistema, consolidan su hegemonía sobre el capital humano y sus futuras esperanzas profesionales manejando a su antojo los plazos para dar visibilidad a los resultados o desestimando la posibilidad de que el subordinado establezca vínculos ajenos a su esfera de influencia. Mano de obra dócil a la que sólo le cabe soportar por vocación unas condiciones laborales y unos sueldos (preciado tesoro para los tiempos que nos toca vivir) que denigran el esfuerzo de años de dedicación y objetivos alcanzados.

Por otro lado, la sociedad en su conjunto, hastiada ya de noticias sobre corrupción, parasitismo social o prácticas económicas depredadoras, muestra un interés creciente y se identifica con la información científica, que alimenta la esperanza de que a pesar de las dificultades y limitaciones a las que se enfrenta el ser humano, a su existencia virtual de aislamiento vital (“ya estamos todos muertos”, le he escuchado decir al respecto al gran Ignacio Castro Rey), siempre hay alguien que sigue luchando por el bien común, por algo que nos ofrezca una versión optimista de que las cosas se pueden hacer de otra manera, de que hay un horizonte diferente al de construir chalets y urbanizaciones de lujo desde las que el dinero extranjero pueda mojarse los pies en nuestras abarrotadas playas, mientras en el chiringuito, el licenciado de turno le sirve cervezas frías con tapas de paella. El último premio Nobel de Química 2014, el alemán de origen rumano Stefan Hell, remarcaba este hecho fundamental en una entrevista concedida a raíz de su galardón: “el Estado del bienestar, nuestra forma de vivir y nuestra calidad de vida están basados, en última instancia, en los descubrimientos científicos, y eso es algo que no siempre se aprecia”.

Hasta ahora. Llevamos meses viendo proliferar sin descanso espacios dedicados al conocimiento y la divulgación científica. Las cabeceras de referencia en España, El País o El Mundo, sin ir más lejos, le dedican desde hace ya algún tiempo una sección entera a la ciencia, cuyos artículos repiten, semana tras semana, entre los más visitados por los lectores. Las webs de ciencia proliferan por doquier y diversos colectivos luchan con notable éxito por sacar la ciencia a la calle. El último capítulo lo escribe ahora La2, con su nuevo espacio Órbita Laika, ampliando aún más el espectro informativo de contenidos científicos.

Está claro que algo se mueve en la ciencia. Lo que ocurre es que aún hay gente que no quiere enterarse.

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