De tigres, de monos y de hombres

Cuando miramos la naturaleza, sólo miramos a los supervivientes

Stephen Budiansky, Si los animales hablaran

De repente se me ha ocurrido que, tras los terribles acontecimientos ocurridos los pasados días en Francia, y todo el revuelo mediático (y legislativo) que se ha generado después en todo el mundo, iba a ser un poco frívolo escribir sobre uno de los regalos que he recibido estas Navidades. Pero, el caso es que, además de ser uno de los mejores que me han hecho en los últimos meses, creo que podría servir también para iluminar ciertos aspectos de nuestro comportamiento animal frente a los desasosiegos inverosímiles que, por una razón u otra, se han anclado en lo más profundo de nuestras evolucionadas conciencias, “los oscuros objetos de fascinación que tienen la capacidad de destruirnos consciente y deliberadamente”. Y de paso retomo este blog, que ya lo tenía un poco abandonado.

El regalo que me hizo mi amiga Isa por mi cumpleaños, que es en agosto, pero que no me pudo entregar hasta bien entrado diciembre, es un libro resplandeciente titulado El tigre. Una historia real de venganza y supervivencia y firmado por un escritor y periodista estadounidense llamado John Vaillant. Todos los halagos que yo pueda dedicarle a esta, aunque verídica, casi increíble narración, ya los ha recibido de las asociaciones y revistas especializadas más relevantes de los EE UU y Canadá, donde fue seleccionado como mejor libro del año 2010, así que no me voy a entretener más con eso.

Sin embargo, sí que me quiero detener un poco en su prólogo, de apenas una página, pero capaz de atrapar al lector con sus mandíbulas y de arrastrarle sin remisión hasta el fondo mismo de sus más irracionales miedos:

“Hace tanto frío que la saliva se hiela antes de llegar al suelo; tanto frío que a veces los árboles, quebradizos como la paja e incapaces de contener la savia que se expande, estallan espontáneamente. A medida que avanzan, el hombre y el perro dejan por igual un rastro de calor, y el vaho de su aliento forma nubecillas pálidas sobre sus huellas. Su olor permanece cerca del cuerpo en la oscuridad sin viento, pero el ruido de sus pisadas va más allá y, por ende, a cada paso que dan, anuncian a la noche su presencia (…) Entonces, mientras los ángulos conocidos cobran forma al otro lado del claro, el perro topa con un olor como si lo hiciera con una pared y se para en seco, gruñendo. Son compañeros de caza y el hombre comprende: hay alguien junto a la cabaña. Los pelos del lomo del perro y los del cuello del hombre se erizan a la vez”

Ni que decir tiene que ese olor no es otro que el de un tigre siberiano (Panthera tigris altaica), el depredador vivo más grande de la Tierra, y que la historia del cazador y su perro acaba aquí. La del tigre no, y esa es la fantástica crónica que recoge Vaillant en su libro, la de la caza real en los confines orientales de Rusia de un monstruo que, por alguna extraña razón, descubre en los hombres a sus nuevas presas, “a las que persigue y aniquila como si de un asesino en serie se tratara o estuviese ejecutando un minucioso plan de venganza”.

A mí, que soy fácil de entretener, con esto ya valdría para engancharme, pero si el exigente lector tuviese aún reticencias para correr a la librería y comprar el libro, cabe decirle que muchas otras son las sorpresas con las que se ha de encontrar en esa obra, si bien, para este artículo he querido seleccionar una en especial. Y es el capítulo dedicado a explicar la relación entre los grandes felinos y los primates y, en especial, al origen de nuestro temor inmanente a esos depredadores, que “no ha cambiado prácticamente nada en cinco millones de años aparte de las técnicas que hemos empleado para dominarlo”.

Para tener una idea de qué hacían nuestros antepasados frente a los grandes felinos y otros depredadores antes de la adquisición de herramientas, ya fuesen palos y piedras o sean rifles y bombas, Vaillant recurre a modelos comparativos que han llevado a cabo algunos paleoantropólogos con primates actuales. En concreto, cita los trabajos del sudafricano Charles K. Brain con mandriles de la sabana, que describen un experimento de lo más revelador que el propio Brain explica así: “Me escondí dentro de la caverna y no di a conocer mi presencia hasta después de que los mandriles se acomodaran para dormir. Aunque se armó un gran alboroto, fue imposible hacer que los mandriles salieran de la cueva en la oscuridad”. Los monos preferían afrontar la presencia de un extraño entre ellos que enfrentarse a la oscuridad y a lo que pudiese haber en ella y, si pensamos en una casa, un piso o una tienda de campaña, nuestro concepto de seguridad es ciertamente similar al de los mandriles: “a falta de altura, nos arreglamos con un agujero”, resume Vaillant.

Por eso, cuando en la pasada mesa de redacción de esta revista Alfonso Armada leía la contestación del historiador Felipe Fernández-Armesto a la cuestión de cuál sería el momento de la Historia que detendría e investigaría una y otra vez, y que resultó ser “el momento actual de la Historia (…) de los chimpancés” que “se encuentran en el comienzo de un proceso de aceleración de sus cambios culturales”, me resultó imposible dejar de pensar en este libro, aunque he de reconocer que ya me tenía este bastante obsesionado. Insiste Fernández-Armesto en que estudiando a los chimpancés en la actualidad se podría “recuperar un momento olvidado y perdido de nuestros antepasados homínidos”, aquel en el que como especie fuimos capaces de racionalizar nuestro espanto para ajustarlo y adaptarlo a nuestras necesidades, aquel en el que hicimos Historia y nos convertimos en los únicos animales que la tienen. “Si queremos comprender lo que realmente somos como seres humanos”, resuelve el historiador, “tenemos que compararnos con otros animales”.

A lo mejor sirve para eso un episodio recogido por Vaillant en su obra, que detalla un incidente ocurrido hace ya algunos años en el Parque Nacional Kruger, al noreste de Sudáfrica, en el que una manada de leones protagonizó lo que su testigo, el guardabosques James Stevenson-Hamilton, calificó como “matanza de mandriles”: un grupo de mandriles se acercó a un abrevadero sin percatarse de que los leones estaban allí durmiendo. Cuando estos se despertaron, dos leonas se levantaron y se escondieron con sigilo cerca del camino. Al salir con un salto sorprendieron a los mandriles que, presa del pánico, huyeron directamente hacia donde se encontraba el resto de la manada de leones. “Los mandriles parecían estar demasiado asustados para tratar siquiera de ponerse a salvo encaramándose a los árboles que tenían alrededor”, relata Stevenson-Hamilton, y sólo fueron capaces de esconderse “con el rostro entre las manos mientras los leones sencillamente iban derribándolos dando zarpazos a diestro y siniestro”. Salvando las enormes distancias, este pasaje bien podría estar describiendo una masacre de personas de las que ya nos estamos acostumbrando a ver en la televisión.

Coincido con Vaillant en que el detalle más desgarrador de la historia, el más doloroso, es la resignación de los mandriles que, sin ninguna esperanza de escapar, improvisaron su último refugio en la oscuridad que les proporcionaban sus manos, y en que si la imagen es tan conmovedora es en parte debido a que aquellas manos fácilmente podrían ser las nuestras. “Si vemos en aquellas manos (…) un escondrijo metafórico”, razona el escritor estadounidense, “tal vez eso es lo que dormir y cobijarse significaban para nosotros en otro tiempo: una manera más sostenible de ahuyentar los horrores que nos acechan durante las horas de vigilia, una manera de relegarlos mentalmente al mundo del no ser, al menos hasta que el sol volviera a iluminar la tierra”.

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