La perfección no es (sólo) cuestión de práctica

Sigue anclado en el subconsciente colectivo que a base de duro trabajo se conseguirá la perfección. Y si no, al menos un nivel de excelencia del que nos podamos sentir orgullosos o, casi más importante, que lo hagan los que nos rodean. Cabe preguntarse sobre cuánto tiene esto de verdad y si en el fondo no es más que un patrón de conducta heredado de una conciencia religiosa que justifica la salvación del alma sólo a través del sacrificio. No hace falta nada más que echarle un vistazo al santoral católico, lleno de torturados, hervidos, descoyuntados o descabezados por un fin celestial. Si no sufrimos, el objetivo ansiado no será puro, ni digno; si no nos esforzamos lo suficiente, lo que hagamos no tendrá el mismo valor; si no resistimos estoicamente las adversidades, no alcanzaremos la perfección.

De igual manera, también hemos aprendido a justificar cualquier conquista, por mezquina que esta sea, si el camino para alcanzarla ha estado repleto de obstáculos y de penurias. “Ese hombre se hizo a sí mismo”; “Sangre, sudor y lágrimas le ha costado llegar hasta donde está”, son algunos de los argumentos con los que se intenta muy a menudo acreditar a personalidades que se sientan en la cima del éxito, sea lo que sea eso, sin importar el uso que hagan de esa privilegiada posición. Por poner un simple ejemplo, que a Rajoy le costase tanto serlo, no le ha convertido en un buen presidente del Gobierno. Y es asombroso que esa coartada no se haya caído ya por su propio peso, cuando son contadas las ocasiones en las que el cielo se alcanza por más razón que la de haber tenido la suerte de nacer en él. Pero bueno, también es cierto que en esta sociedad nuestra muy a menudo se confunde el éxito con el talento.

Pero la ciencia, como testigo imperturbable de los desvaríos humanos, a menudo vilipendiada precisamente por su resistencia a plegarse a estos, no tiene tan claro que la perfección se deba a una cuestión de práctica. No sólo a eso, al menos. Los científicos llevan años discutiendo sobre la importancia relativa que tienen el trabajo y el talento natural en el desarrollo del rendimiento de élite; este es un debate recurrente que va y viene cada siglo, y que parece que volvió a despertar el pasado mes de julio, en el que salió publicado un artículo en la revista Psychological Science (y cuya referencia había conservado y olvidado hasta hoy), que ilustra en qué punto se encuentra esa discusión en la actualidad y ofrece pistas sobre hacia dónde se encaminan las nuevas investigaciones; lo cual puede ser interesante para aquellos que estén realmente dispuestos a dar lo mejor de sí mismos.

Y es que la polémica transecular sobre “el valor de la práctica” había llegado a un punto muerto en 1993, cuando un estudio realizado entre músicos llegó a la conclusión de que el tiempo de práctica, las muchas horas de extenuante trabajo, explicaban en su práctica totalidad (en cerca de un 80 por ciento), la diferencia entre los músicos de élite y los animosos aficionados. Este nuevo artículo, una revisión exhaustiva de los trabajos más relevantes realizados hasta la fecha, llega a una conclusión que viene a desdecir aquellos descubrimientos, que tan rápidamente se propagaron por una cultura popular ya de por sí abonada para que germine este tipo de hipótesis redentoras. En base a los resultados de 88 estudios entre un amplio abanico de habilidades, los autores del artículo estiman que la práctica disciplinada sólo explica entre el 20 y el 25 por ciento de la diferencia en el rendimiento de competencias tales como la música, el deporte o los juegos como el ajedrez. Y en el ámbito académico es aún menor, en torno al 4 por ciento solamente, aunque esto se puede deber a que es más difícil realizar una estimación de los conocimientos adquiridos previamente: “la práctica es importante, claro, y absolutamente necesaria para alcanzar la excelencia, pero no tanto como mucha otra gente ha estado diciendo”.

Como no podía ser de otra manera con una ciencia como la psicología, tan abierta a interpretaciones intencionadas, las reacciones no se han hecho esperar, y el periodista Benedict Carey, cuyo artículo para The New York Times descubre la existencia de este trabajo, también da voz en él a algunos críticos, que se justifican alegando que tener en consideración tantas disciplinas a la vez forzosamente reducirá el efecto de la práctica deliberada. Sin embargo, esto es algo que se rebate ampliamente en este reciente compendio de publicaciones, algunas de las cuales demuestran que mezclar en una misma sesión la práctica de destrezas relacionadas entre sí (nuevo material con antiguo, disciplina con improvisación o nadar a braza y a espalda, por ejemplo) mejora cada una de ellas más rápidamente que si se ejercitasen por separado.

Por otro lado, algunos aseguran que la verdadera capacidad de élite, la profesional, se adquiere tras un proceso de muchos años, a lo largo de los cuales es difícil estimar de manera precisa la contribución de la práctica. Y eso por no hablar de los factores involucrados en la construcción de la experiencia que ni se deben a la genética ni están relacionados con el ejercicio de las habilidades, como pueden ser la edad a la que se comienza a practicar, el entorno en el que se viva durante la infancia (una época, por cierto, crucial en la que se puede preparar al cerebro para acelerar el aprendizaje posterior), o la propia personalidad de cada uno, con sus particulares motivaciones, aspiraciones y virtudes.

En cualquier caso, lo que parece quedar claro es que el factor sobre el que los esforzados aprendices tienen un mayor control no es el tiempo que se practica, sino cómo de eficaz es el uso de ese tiempo, y también que aún falta mucho por saber, especialmente en lo relativo al entrenamiento con fines terapéuticos. Mientras tanto, este artículo no es más que nuevo combustible con el que alimentar el encendido debate de la búsqueda de la perfección.

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