Tres minutos para la medianoche

Qué inexplicable cualidad posee la noche, que fascina y atemoriza con la misma intensidad, cuan extraña es la esencia que conforma ese territorio bipolar, tantas veces cálida cuna de sueños sosegados como rígido catre de las más febriles pesadillas. Me pregunto si estará hecha del mismo material que la intrínseca dualidad morbosa del ser humano, capaz de mezclar en un mismo recipiente la atracción y la repulsa por aquello que se escapa al juicio de la razón y a sus frágiles muros, como la violencia deshumanizada o los horrores apocalípticos.

En la noche, esa que nace sin luna, fría y tan oscura que casi daría lo mismo caminar con los ojos cerrados, esa en la que se acentúa instintivamente el sentido del oído y todo es respiración entrecortada y sonidos inquietantes, uno tiene la sensación de que le puede ocurrir cualquier cosa con total impunidad. O que puede llevarla a cabo.

Y si la noche es el difuso reino de las sombras, la medianoche se sienta sin duda en su negro trono de hierro. La medianoche es la madre de todas las noches, de las que fueron y de las que están por llegar. Tanto es así, que hasta el reloj más simbólico de la historia, el desasosegante Reloj del Juicio Final, se parará para siempre en la medianoche, en la hora de las doce campanadas, aunque nunca he sabido muy bien si con la primera o con la última de ellas.

En 1945, cuando amanecía un nuevo día para una humanidad que había vivido la aterradora noche de la Segunda Guerra Mundial, en la que la impunidad campó incontestablemente a sus anchas, nació el Bulletin of the Atomic Scientists. Algunos de los investigadores que habían participado en el Proyecto Manhattan, para el desarrollo y la construcción de la bomba atómica, lanzaron la revista como señal de que los científicos estaban dispuestos a reconocer sus propios errores y sus obligaciones sociales y éticas. Fue también un intento explícito de contrarrestar los abusos políticos de los físicos nucleares, de pronto poseedores de un conocimiento superior que les confería un poder casi divino, y de alertar al mundo de los peligros de aquel nuevo universo desconocido. Había que desengañarse de la falsa creencia de que ya no había que tenerle miedo a la noche.

Dos años después presentaron un icono que reflejaba esos nuevos peligros: el Reloj del Juicio Final, en el que la proximidad de las manecillas a la medianoche, al lugar en el que todas ellas se alinean y resuelven por un breve instante el auténtico misterio de la Santísima Trinidad, ilustraba el consenso de los científicos sobre el peligro de un Apocalipsis nuclear global.

En la actualidad, con la luz iluminando nuevos rincones de los que poco se sabía porque se encontraban aún sumidos en la noche, el Bulletin ha ampliado su enfoque hacia nuevas amenazas provenientes de la ciencia y la tecnología potencialmente catastróficas: el cambio climático, la ingeniería genética y otras tecnologías emergentes en campos dispares como el de los nano-materiales, la cibernética o el sistema neuronal humano. En 2007, la más larga de las agujas se movió de siete a cinco minutos como respuesta a la existencia de muchos miles de armas nucleares en cada vez más países y a la destrucción de hábitats humanos a causa del cambio climático. Era la primera vez desde su puesta en marcha, a las 11.53 de un día de junio de 1947, que un evento no directamente ligado a la energía atómica contribuía a adelantar las manecillas del Reloj.

Es cierto que la humanidad lleva viviendo su ocaso desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que nunca le ha quedado mucho margen hasta la medianoche, apenas 17 minutos en su mejor momento, y eso ocurrió en 1991 con el fin oficial de la Guerra Fría, pero es que desde el pasado mes de enero de 2015 se encuentra a tres escasos minutos de la fatídica hora, un punto en el que no se había encontrado desde 1984, con las relaciones diplomático-nucleares entre EE UU y la URSS a punto de congelarse del todo. Eso fue algo que, a su vez, no ocurría desde 1949, tras el anuncio público del presidente estadounidense Harry S. Truman dando por ‘inaugurada’ la carrera armamentística frente al bloque soviético.

No tenemos término medio, hemos pasado casi sin darnos cuenta del frio del que surgieron los espías a un calentamiento global incontrolado. 2014 fue el año más caluroso desde que comenzaron los registros climáticos a mediados del siglo XIX y en lo poco que llevamos de este siglo XXI se han dado nueve de los diez años más cálidos. “Sin un drástico cambio de rumbo, los países del mundo habrán emitido a finales de este siglo suficiente dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero como para transformar profundamente el clima de la Tierra, perjudicando a millones de personas y amenazando muchos sistemas ecológicos de los que depende la civilización”. Lo advierten los científicos.

Sólo una vez en su historia ha estado el Reloj más cerca de la Noche que ahora, en 1953, cuando los contendientes de aquella irracional competición atómica esprintaban para ser los primeros en presentar al mundo su capacidad destructiva con la consecución de la bomba de hidrógeno. Pocos meses después de que EE UU probase el primero de esos artefactos y volatilizase de paso una isla del Pacífico, el minutero se detuvo a dos pasos del desastre planetario. “Sólo unos pocos balanceos más del péndulo y, desde Moscú a Chicago, las explosiones nucleares marcarán la medianoche para la civilización occidental”, avisaba la revista en aquellos oscuros días. Aquel demencial momento histórico sirvió incluso de inspiración, entre otros, a la emblemática banda inglesa de heavy metal Iron Maiden para una de sus canciones más célebres: 2 minutes to midnight. Grabada precisamente en 1984, ilustraba a su manera lo cerca que se estaba de la catástrofe global. “Dos minutos para la medianoche; las manos que amenazan el destino”. Al fin y al cabo, sólo es cuestión de apretar un par de botones, y recordemos que uno está en manos de Vladímir Putin.

En este punto, si no antes, es cuando habría que cuestionarse la idoneidad e independencia del grupo de expertos que asesora al Bulletin para establecer estos alegóricos horarios nocturnos. Ahora tres minutos, antes cinco, catorce hace veinte años. La mayoría de los medios de comunicación que recogieron este episodio, los españoles al menos, en su día justificaban la robustez de estas figuraciones con el argumento de que participaron en ellas 17 científicos galardonados con el premio Nobel. Claro que la intención no es poner en entredicho una realidad que da por cierta no sólo ellos, sino la práctica totalidad de la comunidad investigadora; tan solo resulta intrigante preguntarse si los nobeles serán como el resto de los mortales, personas sujetas a sus propias convicciones y circunstancias personales que influyen de una manera u otra en sus decisiones profesionales. Y, por extensión, si ocurre lo mismo en la institución que les otorga esos premios.

Después de leer el libro del divulgador científico Philip Ball Al servicio del Reich. La física en los tiempos de Hitler no me cabe duda de que así es, de que los científicos, por muy ilustres que sean, también tienen que hacer frente a sus batallas interiores y de que la ciencia no es un traje aislante que protege contra la duda, la irracionalidad profunda o el extremismo. Escribe Ball que “no hay mejor ejemplo que Lenard [Philipp von Lenard fue galardonado con el Nobel de Física en 1905 por sus estudios sobre los rayos catódicos] para demostrar que un premio Nobel no es garantía de sabiduría, de humanidad o de otro tipo de grandeza” y describe cómo este y Johannes Stark, también premio Nobel de Física en 1919, orquestaron una tesis sobre cómo en el pensamiento científico se podían identificar los rasgos raciales estereotípicos (judíos en este caso), para desacreditar y atacar las teorías de Einstein. Fueron ellos, profesores reputados, los primeros en acuñar el término Deutsche Physik o física aria.

Por supuesto que los desarrollos de la física nuclear durante los años del nazismo no son unos descubrimientos científicos corrientes en un contexto histórico cualquiera, pero el ejemplo sí sirve para cuestionar si es posible que exista una ciencia alejada de la política. Y a propósito de la noche, para tratar de imaginarse si sentirían hacia ella esa fascinación y ese temor, la premonición ambivalente de que en aquel tenebroso momento cualquier cosa podía ocurrir.

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