Una luz en las cavernas

“Cuando crecemos perdemos la capacidad de dibujar sin miedo…”

 

Corre el año 1903 y, en España, reina Alfonso XIII. Un hombre de tez morena y prominente bigote, ataviado con levita y pantalones oscuros, polainas y blanca camisa almidonada, enciende un candil y lo levanta por encima de su cabeza. Se encuentra en el interior de una caverna y mira las paredes con asombrado deleite. A la luz titilante de la lámpara, el artista y arqueólogo Juan Cabré Aguiló contempla las ondulantes figuras de uno de los primeros descubrimientos en España del hoy conocido como arte rupestre levantino, en el barranco de Calapatá, cercano a la localidad de Cretas (Teruel). Las imágenes, tal como lo describiría después, le fascinan por su “movimiento, expresión y arte jamás superados, desconocidas en absoluto en España y en Europa” y, en un principio, las cataloga como “una manifestación nueva de arte paleolítico”.

En realidad, todo apunta a que las pinturas son algo posteriores: la mayoría de los expertos coinciden en que, en sus representaciones más recientes, el arte levantino es coetáneo con el arte neolítico esquemático, en una época que se sitúa entre los diez mil y los cuatro mil quinientos años antes de Cristo. Su relativa modernidad no impidió, sin embargo, que la Unesco las declarara Patrimonio de la Humanidad en 1998. Y no sólo las que contempla, candil en mano, Cabré Aguiló, sino muchas otras repartidas por el levante español, desde Andalucía hasta Cataluña. Más de 750 localizaciones diferentes, que albergan las obras de los primeros artistas de nuestra historia, en algunos de los más viejos bastiones del naciente pueblo hispano.

Apenas ocho años después de aquel fantástico hallazgo, el 28 de mayo de 1912, a propuesta de Eduardo Hernández-Pacheco, catedrático de Geología de la Universidad Central de Madrid (la actual Complutense), y con el enfático apoyo de relevantes personalidades de la época como Santiago Ramón y Cajal, el Marqués de Cerralbo o el Duque de Alba, este último como mecenas del proyecto, se crea la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP), para el estudio y copia de las diferentes manifestaciones de arte rupestre de toda la geografía española. Juan Cabré Aguiló, que tras sus primeros descubrimientos arqueológicos se había dedicado en cuerpo y alma al estudio del arte rupestre en la cornisa cantábrica, se hace entonces cargo de la dirección técnica de los trabajos como comisario de exploraciones, aunque muchas veces acompañado de Hernández-Pacheco. En términos prácticos, esto básicamente significa que recorrerían durante varios años todo el levante y el sur de España, cargados con el pesado equipaje instrumental, copiando todos los lugares que iban descubriendo. “Extraño fue, que, interesados los prehistoriadores en la rebusca de piedras y huesos trabajados que determinaran las varias épocas de la industria y arte del hombre paleolítico, se les pasaran desapercibidos los frescos murales, ya en negro, ya en color, ya, por fin policromados, que adornaban las paredes y techos de muchísimas cavernas en las que realizaban excavaciones”, escribe Cabré Aguiló en 1915, en referencia al creciente interés de la época por descubrir y categorizar los orígenes de las sociedades modernas en cuevas de toda Europa.

Con su labor, que luego sería apoyada y continuada por el artista Francisco Benítez Mellado, aprendiz con Sorolla, se inicia el periodo más fructífero de descubrimientos de arte rupestre de la Península Ibérica, así como la reproducción sistemática, a través de copias en papel, de buena parte de esos tesoros artísticos y culturales. Con el tiempo, ese trabajo ha ido adquiriendo aún más importancia, ya que muchos de los murales, ubicados en abrigos y cuevas poco protegidos, no han logrado sobrevivir al paso del tiempo en sus lugares naturales.

Más de dos mil calcos y láminas de diversa naturaleza, que representan pinturas de distintos periodos artísticos, tanto paleolíticas como de arte levantino y esquemático de prácticamente todo el territorio español, brindan la oportunidad única de viajar al pasado y conocer los animales que el hombre contemplaba, los símbolos que le inspiraban y las escenas de recolección y caza en las que participaba, con un realismo casi mágico. Todos esos calcos, conservados durante años en el archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), que es donde se estableció la sede de laComisión hasta que la Guerra Civil extinguió su luz para siempre, se han convertido en la mayor y mejor colección de copias de arte rupestre jamás conservada en un museo.

Ahora el MNCN, con el patrocinio de Acción Cultural Española, lleva a cabo una cuidada selección de todo ese material, restaurado y digitalizado por el Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE) y las diferentes bibliotecas del CSIC, para montar una exposición que desnuda al visitante y lo envía de vuelta a las cavernas en las que se esbozaron los orígenes de nuestra sociedad y nuestro arte.

Especialmente bella y evocadora resulta la peculiar escena de la recolección de miel, originaria de las covachas de la Araña, cercanas al pueblo de Bicorp (Valencia), con una figura humana encaramada a una suerte de elevada escalera rudimentaria, robando el preciado néctar a una nube de enfurecidas abejas. Esa emoción se desprende quizás de su asombroso parecido con las técnicas utilizadas en la actualidad por algunas tribus en la cordillera del Himalaya, que siguen conservando, miles de años después, esa manera ancestral de acercarse a la naturaleza.

Hasta el próximo mes de mayo, niños y adultos tendrán la oportunidad de acompañar a Cabré Aguiló y Benítez Mellado en su deambular arqueológico, admirar sus obras de arte, conocer por medio de fotografías los lugares que visitaron, asombrarse con las técnicas que usaron o calibrar el significado de su obra científica de preservación del patrimonio cultural. Los más atrevidos podrán incluso poner en práctica sus más elementales dotes artísticas, en un mural diseñado para que quien aún conserve su inocencia, pueda calcar o copiar sus dibujos a imagen y semejanza de aquel intrépido puñado de hombres que supieron levantar la vista del suelo y alumbrar con un candil las borrosas imágenes de nuestra prehistoria.

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