Vaciando el mar

Si hay alguien que conoce el idioma del mar, ese es Walter Munk. No en vano es el creador de la ciencia de predicción del oleaje. Sus investigaciones para calcular las olas con las que se encontrarían los navíos, fueron claves durante la planificación de los desembarcos del Día D, que dieron comienzo a la liberación de la Europa occidental ocupada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero no sólo por eso muchos consideran a Munk “el Einstein de los océanos”; también ha realizado investigaciones pioneras en otras disciplinas como la transmisión del sonido a través del agua, las mareas a grandes profundidades o los efectos del cambio climático. A sus 98 años aún sigue deseando utilizar el sonido para medir el calentamiento oceánico.

No se sabe si a él, que es de entre todos nosotros quién mejor conoce su lenguaje, los insondables piélagos ya le habían avisado antes de alguna manera, quizás con apenas un apagado lamento, de lo que acaba de saberse sobre ellos: que las estadísticas oficiales se estaban quedando cortas, que el ser humano es más eficiente de lo que se creía en la labor de esquilmar la vida que contienen.

La victoria de los aliados en 1945, a la que Munk contribuyó decisivamente, acabó con una catástrofe global que le costó al planeta más de 60 millones de vidas, pero paradójicamente, si nos fijásemos en los peces, entonces marcaríamos esa fecha como el principio de una campaña de violencia nunca antes vista contra ellos, un acoso que ha provocado hasta el momento billones de bajas.

Curiosamente, la guerra en sí misma había supuesto un gran indulto para numerosas especies marinas. Los submarinos y las minas empleadas por igual por los Aliados y las fuerzas del Eje durante la contienda hicieron del transporte marítimo una empresa de alto riesgo, pero también de la pesca y, aliviadas de la presión humana, las especies amenazadas se multiplicaron en abundancia.

Pero la Segunda Guerra Mundial también trajo consigo un gran salto en la habilidad técnica humana que derivó en un asalto sin precedentes sobre los océanos. No sólo se hicieron más barcos, más grandes y más rápidos, sino que las tecnologías derivadas de la guerra (el sónar, las imágenes por satélite, el capital humano e incluso las propias bombas) incrementaron de manera exponencial su capacidad pesquera. Las rápidas incursiones locales dieron paso a masivas y permanentes ocupaciones derivadas de una industria global.

Así lo ilustra un artículo recién publicado en Nature Communications por investigadores de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver (Canadá), que revela que, desde la década de los 50, la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), hasta ahora el único organismo que llevaba el registro de los datos de pesca mundiales, ha estado subestimando, en varias decenas de millones de toneladas al año, nuestra capacidad de vaciar los océanos.

Según los autores de la publicación, Daniel Pauly y Dirk Zeller, atendiendo a investigaciones previamente publicadas, a entrevistas con especialistas locales y recopilando información de los hábitos de consumo, 1996 fue el año en el que el ser humano se superó a sí mismo y alcanzó su impactante plusmarca histórica en la cantidad de capturas: 130 millones de toneladas. Esas estimaciones, en constante crecimiento desde los cerca de 25 millones de toneladas de los años 50, han resultado ser escandalosamente superiores a las ofrecidas por la FAO para ese mismo año, que las situaba en torno a los 86 millones de toneladas (el equivalente, en peso, de toda la población mundial a principios del siglo XX).

La razón de tamaña diferencia se debe a que la FAO no tiene la obligación de comprobar y corregir las cifras de pesca que le envían, lo que hace a la organización dependiente de la buena voluntad de los países miembros. Pero “los Estados tienen la mala costumbre de ofrecer sólo los datos que ven”, defienden Pauly y Zeller, lo que, en última instancia, significa que muchas estadísticas oficiales no incluyen un buen número de capturas, como las que se realizan a pequeña escala o como método de subsistencia. Y tampoco tienen en cuenta las toneladas de peces descartados por no ser el objetivo que los pescadores buscaban.

El ciclópeo proyecto que ha servido de marco para este descubrimiento, The sea around us (El mar que nos rodea), lleva más de una década en marcha y ha contado para su desarrollo con la colaboración de centenares de científicos de todo el mundo, lo que ha dado lugar a numerosas publicaciones científicas relativas a cada uno de los países. Algunas de ellas han supuesto verdaderas sorpresas, como un estudio que ha estimado que Senegal, por ejemplo, extrae del mar más del doble de toneladas de pescado de lo que establecían los números de la FAO.

El artículo ya ha sido criticado por algunos científicos en lo referente a la elección y desarrollo de sus métodos de estimación de capturas, algo que los autores no han tenido problema en asumir. Otros cuestionan que los datos de capturas no están rebelando el estado real en el que se encuentran las poblaciones de peces que aún existen en los océanos. Pero la realidad es que hasta la propia FAO ha agradecido el trabajo y, aunque dice tener ciertas reservas técnicas sobre las tendencias observadas, coincide con la conclusión fundamental del estudio: estamos vaciando el mar más deprisa de lo que pensábamos.

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