¿En un mundo feliz?

Vivimos en un mundo feliz. ¡Cuán bella es la humanidad!

Digo esto, porque el hecho de que las autoridades para la fertilización y embriología humana del Reino Unido (HFEA por sus siglas en inglés) acaben de conceder permiso a investigadores del Instituto de Biomedicina Francis Crick de Londres, para modificar embriones humanos mediante el uso de la tecnología de edición génica CRISPR-Cas9, o simplemente CRISPR (léase crísper), me hace temblar de emoción al pensar que casi hemos llegado a ese homogeneizado y tecnificado “Estado Mundial” vaticinado por Aldous Huxley en Un mundo feliz. Y no sólo en lo económico, también en lo reproductivo.

Pensemos que leer, estudiar o comparar secuencias genéticas de humanos y de otras miles de especies es, desde hace algunas décadas, un procedimiento casi rutinario. Pero ahora, la tecnología CRISPR promete hacer posible la edición de esa información genética de forma rápida y barata. En cadena. No es que hasta ahora no existiesen esas técnicas de manipulación del ADN, los transgénicos dan fe de ello, sino que con esta herramienta se puede llevar a cabo con una simplicidad y precisión nunca antes conocidas.

En ella hay implicado un trozo de ARN, una especie de mensajero químico designado para reconocer una sección específica del ADN, junto con una enzima, llamada nucleasa (Cas9), que, básicamente, lo que hace es eliminar los genes indeseables y sustituirlos por otros nuevos, pero sorteando la dificultad de cortar y sustituir regiones de ADN sin alterar el resto del genoma. Es como si, en lo referente a la alteración genómica, hubiésemos prejubilado al elefante de la cacharrería, para sustituirle (con un contrato precario y a media jornada) por un meticuloso relojero.

Pensando un poco en las aplicaciones, esto puede abrir la puerta a la corrección de terribles malformaciones genéticas hereditarias que, más tempano que tarde, truncan muchas vidas humanas por los efectos que producen, y también (y aquí es donde el hombre termina de matar definitivamente a Dios) anticipa la posibilidad de que los progenitores puedan obtener una descendencia a la carta.

“Lo cual nos conduce por fin fuera del reino de la mera imitación servil de la Naturaleza para pasar al mundo mucho más interesante de la invención humana”, dejaría escrito Huxley, a principios de los años 30 del siglo pasado, en el capítulo primero de su profética novela. ¿No es una perturbadora coincidencia que sea precisamente el Reino Unido, y concretamente Londres, el lugar común a estas dos situaciones tan distanciadas por el tiempo, narrativo e histórico, y por las pesadillas distópicas de no pocas generaciones?

El grupo de la bióloga Kathy Niakan, que es quien ha recibido la autorización, se dedica al estudio de cómo la célula simple de un óvulo recién fertilizado por un espermatozoide se transforma en un blastocito, la estructura multicelular que unos cinco días después se implantará en el útero materno. Sus estudios con CRISPR, dicen, tendrán como objetivo indagar en el papel que juegan unos determinados genes durante los primeros días de ese desarrollo embrionario temprano.

Ya se han identificado varios miles de genes implicados en ese proceso de formación inicial del embrión, pero descubrir qué hacen exactamente esos genes y cuáles son los verdaderos reguladores del crecimiento es algo más complejo, que requiere, entre otras posibilidades, la desactivación de varios genes embrionarios para comprobar sus efectos. Para ello se utilizan embriones humanos, donados a la ciencia por clínicas de fertilidad, que se destruyen cuando alcanzan los siete días de edad. Niakan defiende que con CRISPR se podrá reducir el número de embriones necesarios para los ensayos. Casi me parece estar viendo las incubadoras y las hileras y más hileras de tubos de ensayo numerados descritos por el genial escritor británico, la fría sala de fecundación en la que una luz cruda y pálida brille a través de las ventanas “buscando ávidamente alguna figura yacente amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio”.

Si el debate ético sobre la edición del genoma ha estado echando chispas durante varios años, desde el descubrimiento y desarrollo de las técnicas de ingeniería genética, ahora se puede decir que la lucha se ha vuelto encarnizada. Mientras los críticos alegan que estudios como los de Niakan pueden suponer el primer paso hacia los “niños de diseño” o la eugenesia para el perfeccionamiento de la especie humana, además de las consideraciones morales derivadas de la destrucción de los embriones, numerosos científicos han celebrado la decisión de la HFEA y defienden que esta reciente técnica abrirá nuevas perspectivas al estudio de los mecanismos genéticos que controlan la distribución celular en los embriones recién formados, algo que resulta crucial en la implantación y el desarrollo posterior de los fetos. Se espera que, con estas investigaciones, algún día se puedan mejorar cuantiosos tratamientos de infertilidad que, hasta ahora, no se sabía muy bien por qué fallaban.

La propia Niakan incide en que, por ahora, “es muy importante continuar con las motivaciones éticas” del asunto, y muchos científicos, incluido uno de los inventores de la técnica, han pedido una moratoria para la edición con CRISPR de células germinales, aquellas que pueden afectar a la información genética que pasa a generaciones futuras, hasta que se estudie en detalle la fiabilidad y seguridad para editar y corregir genes humanos con la precisión deseada.

Pero esta es sólo una aplicación entre las muchas potenciales en las que han estado pensando los investigadores desde su aparición: tratamientos contra el Alzheimer, el cáncer o el VIH, la aceleración de los procesos de la terapia génica y otras muchas fuera del ámbito sanitario o en otras especies diferentes a la humana. Para cualquiera de ellas, la comunidad científica sí que suele coincidir en que es necesario el desarrollo de una regulación adecuada en el uso de la herramienta, que contemple el riesgo de consecuencias imprevistas, pero que no entierre la posibilidad de que las personas puedan alcanzar una mejor calidad de vida en un hipotético mundo feliz. ¡Cuán bella será la humanidad!

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